AMOR QUE SALVA

Douglas Umaña

 CONCHITA

Los miembros de las Obras de la Cruz somos una respuesta concreta de Jesús al clamor sacerdotal de intercesión que Conchita elevó: «Tú me pedías que salvara a los hombres, y Yo he venido de nuevo a salvarlos por medio de estas Obras… Oh hija, y ¡qué grandes son las Obras de la Cruz! Sólo Yo puedo medir la extensión que abarcan y el bien que en el mundo harán»

Desde sus orígenes, y de forma particular en los últimos años, se ha visto cómo la Familia de la Cruz, iniciada en 1894 por N.M. Concepción Cabrera de Armida, ha salido de las fronteras mexicanas para continuar su expansión por el mundo llevando la Espiritualidad de la Cruz, amor que salva.

Nuestros respectivos Padres Fundadores tuvieron un gran don: responder a su tiempo con miras hacía el futuro, de hecho, podemos decir que ellos cumplieron su misión de mantener viva la difusión de la Espiritualidad de la Cruz mientras vivieron, sin embargo, ahora nos toca a nosotros continuar con esa misma misión sabiendo utilizar nuevos

Nuestro mundo se interesa en nuevas cosas y nadie puede ser ajeno a esto. Se ha visto que cuando un sacerdote, religiosa, laico, etc. busca romper esquemas (siendo creativo en su forma de llevar a Cristo) alcanza mejores resultados que quienes no buscan renovar su labor evangelizadora. Conchita nunca pretendió crear una espiritualidad; simplemente vivió el seguimiento de Jesús con especial intensidad. De esta vivencia se desprendió la Espiritualidad de la Cruz como un efecto no buscado por Conchita. Conchita no se puso a seleccionar los aspectos de la espiritualidad cristiana que quería resaltar; sino que a ella se le reveló Jesús como sacerdote que ama al hombre hasta el extremo de dar la vida para salvarlo.

Además de las virtudes teologales (fe, esperanza y amor) que son esenciales para que una espiritualidad pueda llamarse cristiana, las virtudes características de la Espiritualidad de la Cruz son amor, pureza y sacrificio, porque éstas son las virtudes de Cristo sacerdote y víctima. El autor de la carta a los Hebreos nos dice que «Cristo, por el Espíritu Santo (amor) se ofreció a sí mismo (sacrificio) inmaculado a Dios (pureza)» (Hb 9, 14).

Sacerdote y Víctima. La forma de colaborar en la obra de la salvación, según esta Espiritualidad, será ponerse al servicio de la mediación de Cristo sacerdote, a fin de acercar la salvación a todos los hombres. En la medida de la transformación en Cristo se podrá colaborar con Él en su obra salvadora.

Toda misión, todo servicio, toda actividad, tiene un único objetivo: ¡amar! Conchita, ama. Allí radica su secreto.

¿Y dónde está la novedad de ese amor? La novedad de este amor es la identidad con el amor de Jesús, Sacerdote y Víctima que entrega su vida por amor al Padre y a los hermanos: Para un mundo nuevo, para un hombre nuevo, una mujer nueva, un mandamiento nuevo. “Un mundo nuevo, no con edificaciones nuevas, casas nuevas, palacios nuevos, sino un mundo nuevo, cuya ley es el amor”, dice el Concilio. Pero como las edificaciones del mundo viejo están construidas en el egoísmo, hay que derribar eso viejo para que lo nuevo, el amor, pueda levantarse y brillar y actuar.

Jesús invita a Conchita a vivir este apostolado de la Cruz interior, mediante la participación en el amor redentor y expiatorio de Jesús Sacerdote. Jesús dice a Conchita: “Yo fui la primera Cruz viva y mi madre enseguida de Mí, somos los retratos que deben copiar las cruces vivas” CC. 5,118

En el lenguaje de Concepción Cabrera de Armida “Cruz viva”significa ser “Cruz viviente del Apostolado”. Todo cristiano es llamado a ser una reproducción viva, “retrato vivo” del amor puro, santificador y expiatorio de Jesucristo. En otro lugar le dice: “Atraído por mi gran misericordia vengo a dar un alerta al mundo, vengo a llamar a las almas a la cruz, y atraerlas por este único medio, a mi corazón para salvarlas”. CC.14, 169

El Señor viene a invitar a todo cristiano a vivir el amor salvador y redentor de Jesucristo, al “unirlo a su corazón”, o sea al configurarlo con su amor, para que pueda ser salvado y colaborar con Cristo a la salvación de sus hermanos.

Más adelante le explica el Señor a Conchita la eficacia de este apostolado de la Cruz: “Pueden fracasar muchos apostolado, menos el de la Cruz, que fue el mío, el que vine a enseñar a la tierra, por el propio renunciamiento” CC 49, 33 La eficacia de este apostolado no depende de la criatura, ésta es incapaz de vivir un apostolado de esta perfección, la eficacia viene del amor purísimo y omnipotente del divino Salvador del mundo, Jesucristo, nuestro único Redentor.

El Señor especifica a Conchita con más claridad cuál es la clase de amor y de dolor que ella debe vivir, unida a Jesucristo, para colaborar con Él en la obra de la salvación.

“Este apostolado de la Cruz alcanza su grado más sublime, en el del dolor inocente, amoroso y puro, expiatorio y salvador, a favor del mundo” CC. 42, 88 Jesús es el único Sacerdote que puede vivir esa clase de dolor inocente, purísimo, expiatorio y redentor. Así lo dice el autor de la carta a los hebreos: “Este es el Sacerdote que nos convenía, santo, inocente, incontaminado, apartado de los pecadores, encumbrado sobre los cielos, que no tiene necesidad de ofrecer sacrificios cada día como aquellos sumos sacerdotes, primero pos sus propios pecados, luego por los del pueblo; esto lo realizó de una vez para siempre, ofreciéndose a Sí mismo. (Hb. 8, 26-27)

La esencia del mensaje, que esta Cruz de Jesús, trasmite a Conchita, al mundo y a la Iglesia de hoy, es hacerla entender que sólo unida Jesucristo, único Redentor y sumo Sacerdote de la Nueva Alianza, puede realizar su misión de colaborar con Jesús en la redención viviendo el mismo amor purísimo, expiatorio de Jesús, junto con la Familia de la Cruz, llamada también a vivir este apostolado propio y exclusivo de Cristo Sacerdote-Víctima.

Al reflexionar someramente el mensaje del Apostolado propio y exclusivo de Jesús, entendemos por qué la “Cruz del Apostolado de Jesús” es una “Cruz Pascual”. Esta Cruz salvadora de Jesús, hace pasar al pecador de la muerte (del estado de pecado) a la vida (al estado de resucitado), al ser inmerso en la vida de Dios y en el amor santo de Dios. Esta es la Cruz del Nuevo Pueblo Sacerdotal, adquirido con la sangre de Jesús. Esta Cruz del Apostolado de Jesús es el símbolo propio de todos los que hemos sido llamados a vivir la misión y la actividad apostólica propias de Cristo Sacerdote Víctima. Este misterio de la Cruz redentora de Cristo es el acontecimiento que vivimos y creemos al celebrar la Eucaristía. La Asamblea litúrgica dice en labios del sacerdote celebrante: “Este es mi Cuerpo entregado por ustedes.

Para cumplir con su misión, el Señor orienta a Conchita para vivir la esencia de su obra de redención: “No creas que sólo salvé al mundo con la cruz del Calvario y con el derramamiento de mi Sangre; ... lo esencial en la salvación de las almas, de todo el género humano, fue mi pasión interna que comenzó en la Encarnación y que no concluyó con mi muerte, sino que místicamente se perpetúa en mi Corazón amoroso y doloroso, continuando comprando gracias y dones y carismas para mi Iglesia y para las almas. Pero es una gracia de predilección mía muy grande, el de asociar a esa pasión interna a otras almas escogidas, para que, unidas a Mí, y transformadas en Mí, la continúen en la tierra por los mismos fines, y sufriendo por la misma causa, esa íntima pasión de mi Corazón.

Pero salvó al mundo más que nada, y glorificó al Padre más que nada, y compró raudales de gracias más que nada, mi pasión interna; dolor purísimo, nacido, crecido y alimentado de solo amor”. CC 53, 255-256. 258

La Cruz del Apostolado que Jesús nos ha regalado es fuego abrasador, expresión del amor santificante del Espíritu Santo; es fuego abrasador, expresión del amor purísimo del Padre; es fuego abrasador, expresión del amor expiatorio y redentor de Jesús; y es fuego abrasador, es amor divino y trinitario que purifica y salva a toda la humanidad, para asociar con Cristo y en Cristo verdadero Dios y verdadero Hombre, a todo su Cuerpo místico a colaborar, con Él y en Él, en la redención de toda la familia humana.