Gedeón
Fernando Torre, msps.

Dondequiera que vamos, oímos quejas y lamentos: «en mi familia, nadie se interesa por los demás», «en la Congregación, estamos envejeciendo y no hay vocaciones», «los líderes son corruptos», «cómo quieren que me capacite, si no tengo tiempo», «mis compañeros son irresponsables», «vivimos en una sociedad egoísta», «a los viejos, se nos excluye», «el mundo actual rechaza a Dios»… Nos quejamos y lamentamos, pero no hacemos nada. Por eso, la depresión va carcomiendo a más y más personas.
Los madianitas invaden y saquean a los israelitas. Éstos claman a Dios. Dios se le aparece a Gedeón y lo saluda: «El Señor está contigo». Extrañado y molesto, Gedeón replica: «Si estuviera con nosotros, no nos pasarían tales calamidades». Dios le responde: «Ve y salva a Israel; yo te envío». Para eximirse, Gedeón arguye: «Mi clan es el más pobre; y yo, el último en la casa de mi padre». Entonces Dios le promete: «Yo estaré contigo». Gedeón cree, actúa y salva a Israel. Así, se convierte en un signo vivo de que Dios no abandona a su pueblo (cf. Jc 6‑8).
No basta con ser conscientes de la difícil coyuntura actual ni con lamentarnos o echar la culpa a los demás; no basta con reclamarle a Dios o suplicarle que remedie nuestros males…
Al igual que a Gedeón, Dios te envía a hacer algo para mejorar la situación. Tú eres la respuesta que Dios da a tus demandas:
—¿Dónde estás; por qué no actúas?
—Estoy en ti; quiero actuar a través de ti.
Para ayudarte a aceptar tal misión, Dios te dice: «No temas, yo estaré contigo». Cierto que no podrás solucionarlo todo; pero, si hoy siembras una semilla, mañana habrá frutos. Y, con tu ejemplo, suscitarás esperanza en otros y los impulsarás a trabajar.
La esperanza se manifiesta en la acción, y la acción aviva la esperanza. Basta de lamentos; ¡manos a la obra!