¿DAR EN FORMA RESPONSABLE O IRRESPONSABLE?
Eduardo Sarre Iguíniz M.Sp.S
Tal vez han escuchado a personas que piensan así: “Yo ayudo a las personas que me piden, sin fijarme si me están engañando o no, eso es problema de ellos y su conciencia…”, o también: “yo hago lo que quiero con lo que tengo, pues lo gané con mi trabajo”. O quizá ustedes mismos piensan y actúan de la misma manera. ¿Son correctas esas posturas?
Para iluminarnos al respecto, veamos en tres documentos lo que el Magisterio de la Iglesia nos dice sobre el destino universal de los bienes:
1) Concilio Vaticano II, Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual, Gaudium et spes, n. 69.: Los bienes de la tierra están destinados a todos los hombres.
Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en forma equitativa bajo la égida de la justicia y con la compañía de la caridad. Sean las que sean las formas de la propiedad, adaptadas a las instituciones legítimas de los pueblos según las circunstancias diversas y variables, jamás debe perderse de vista este destino universal de los bienes. Por tanto, el hombre, al usarlos, no debe tener las cosas exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido de que no le aprovechen a él solamente, sino también a los demás. 
Por lo demás, el derecho a poseer una parte de bienes suficiente para sí mismos y para sus familias es un derecho que a todos corresponde. Es éste el sentir de los Padres y de los doctores de la Iglesia, quienes enseñaron que los hombres están obligados a ayudar a los pobres, y por cierto no sólo con los bienes superfluos. Quien se halla en situación de necesidad extrema tiene derecho a tomar de la riqueza ajena lo necesario para sí. Habiendo como hay tantos oprimidos actualmente por el hambre en el mundo, el sacro Concilio urge a todos, particulares y autoridades, a que, acordándose de aquella frase de los Padres: Alimenta al que muere de hambre, porque, si no lo alimentas, lo matas, según las propias posibilidades, comuniquen y ofrezcan realmente sus bienes, ayudando en primer lugar a los pobres, tanto individuos como pueblos, a que puedan ayudarse y desarrollarse por sí mismos.
2) Encíclica Solicitudo Rei Socialis, de Juan Pablo II, el 30 de diciembre de 1987, al cumplirse 20 años de la Populorum progressio. El título significa: La preocupación social de la Iglesia, nn. 42 y 43.
Es necesario recordar una vez más aquel principio peculiar de la doctrina cristiana: los bienes de este mundo están originariamente destinados a todos. El derecho a la propiedad privada es válido y necesario, pero no anula el valor de tal principio. En efecto, sobre ella grava «una hipoteca social», es decir, posee, como cualidad intrínseca, una función social fundada y justificada precisamente sobre el principio del destino universal de los bienes. En este empeño por los pobres, no ha de olvidarse aquella forma especial de pobreza que es la privación de los derechos fundamentales de la persona, en concreto el derecho a la libertad religiosa y el derecho, también, a la iniciativa económica. Esta preocupación acuciante por los pobres —que, según la significativa fórmula, son «los pobres del Señor»— debe traducirse, a todos los niveles, en acciones concretas hasta alcanzar decididamente algunas reformas necesarias.
3) Exhortación Apostólica Sacramentum caritatis, del Papa Benedicto XVI, 22 de febrero de 2007, n. 91.
El cristiano laico en particular, formado en la escuela de la Eucaristía, está llamado a asumir directamente su propia responsabilidad política y social. Para que pueda desempeñar adecuadamente sus cometidos hay que prepararlo mediante una educación concreta para la caridad y la justicia. Por eso, como ha pedido el Sínodo, es necesario promover la doctrina social de la Iglesia y darla a conocer en las diócesis y en las comunidades cristianas. En este precioso patrimonio, procedente de la más antigua tradición eclesial, encontramos los elementos que orientan con profunda sabiduría el comportamiento de los cristianos ante las cuestiones sociales candentes. Esta doctrina, madurada durante toda la historia de la Iglesia, se caracteriza por el realismo y el equilibrio, ayudando así a evitar compromisos equívocos o utopías ilusorias.
CONCLUSIÓN:
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La Doctrina Social de la Iglesia nos hace ver que somos responsables de los bienes que poseemos. Por lo tanto, no podemos darlos en forma irresponsable, sin saber si la persona a quien se los damos los necesita y si los va a utilizar a su vez en forma responsable. Nos dice además, que no basta con “dar” a los pobres, sino que somos responsables de promover que “tanto individuos como pueblos, puedan ayudarse y desarrollarse por sí mismos”.
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Aún y cuando hayamos ganado con nuestro trabajo los “bienes” que tenemos, no podemos desperdiciarlos o destruirlos, pues más que dueños somos administradores de los bienes. Entendiendo por “bienes” no sólo los materiales, sino lo que se refiere a los derechos fundamentales de la persona, que son muy amplios: vida, salud, alimento, casa, vestido, educación, etc.
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Para actuar con realismo y equilibrio, ante la inmensidad de las necesidades sociales, hemos de discernir en forma responsable, iluminados por la Doctrina Social de la Iglesia, cuales son las acciones concretas que podemos realizar a favor de la caridad y la justicia.
PARA PREGUNTARSE:
De los textos citados y la conclusión, se desprenden varias preguntas que te invitamos a plantearte en forma personal o en grupo:
- ¿Conoces la Doctrina Social de la Iglesia, y has profundizando especialmente el concepto de Destino universal de los bienes, para así educarte y formarte para la caridad y la justicia?
- ¿Te consideras y actúas como dueño de los bienes que posees, o como administrador de ellos y los utilizas responsablemente?
- ¿Cuando das algo a otros, lo haces en forma responsable, preocupándote por la responsabilidad con que lo utilicen, y por la eficacia de tus acciones a favor de otros?
- ¿Te conformas con dar a otros, o promueves que los individuos y los pueblos se desarrollen por sí mismos, y las reformas necesarias para ello?
- ¿Tu participación en la Eucaristía tiene relación con tu vida y te conduce a vivir tus responsabilidades políticas y sociales? ¿Conoces el pensamiento del Papa sobre esto?
- ¿Has discernido qué acciones concretas y eficaces puedes realizar para promover en forma responsable la distribución de los bienes que haz recibido, aplicándolo a toda las clases de bienes?
- ¿Te contentas con acciones individuales, o has buscado formas de unión, colaboración, comunión y participación, como Iglesia y como miembros de la sociedad?
Eduardo Sarre Iguíniz, msps