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Tomado del libro Formación a la experiencia de Dios. Enseñanzas del padre Félix de Jesús Rougier, del padre Rafael Ledesma Barajas, M.Sp.S. Jesús María, S.L.P., 2007

La formación de los hermanos coadjutores

tc \l3 "3. La formación de los hermanos coadjutores en la Congregación de los Misioneros del Espíritu Santo

 En el momento de dar comienzo a la Congregación de M.Sp.S., nuestro padre fundador tiene en mente la promoción de las vocaciones que integrarán el Noviciado: serán sacerdotes y hermanos coadjutores. Su intención expresada en las Constituciones es que todos ellos formen "un solo cuerpo" y una sola familia, ya que participan de una misma vocación[1].

Así como se preocupa por la formación específica de los sacerdotes, según queda demostrado arriba, así también muestra un interés especial por el perfeccionamiento de los hermanos laicos. Los aspectos característicos que promueve en éstos, derivan del ideal evangélico que manifiesta excelentemente su vocación específica en la Iglesia. Lo encuentra contenido en el contexto de la Sagrada Familia viviendo en Nazaret. Así escribe al hermano Alfonso Pérez el año 1926:

"Su papel es el de la Sma. Virgen y de San José en Nazaret cuidando a Jesús, porque los Misioneros sacerdotes deben ser y son otros Jesús. ¡Imite, pues, a María y a José!"[2].

 No encuentro un texto más explícito que éste en las cartas a los coadjutores, antes de 1926. Con esas palabras define lo que podría llamarse "el estilo de vida" típico del hermano, es decir, aquello que manifiesta su ser y su quehacer a la luz de los tres modelos: Jesús, María y José.

Respecto del ser del hermano o de su identidad, el P. Félix desarrolla su pensamiento en carta al mismo destinatario dos años después. El texto trasladado tiene tanta mayor fuerza en cuanto que traduce fielmente los sentimientos de alguien que vive el carisma en carne propia:

 "Si yo fuera coadjutor, me parece que me esforzaría en vivir en Nazaret. Más que los mismos sacerdotes Misioneros del Espíritu Santo. En Nazaret, en la misma casita, con Jesús a los veinte años, con María y con San José. Allí vería cómo se aman, cómo oran, cómo trabajan, cómo son amables y sencillos, cómo tienen su corazón en Dios, y daría las gracias a Nuestro Señor en cada momento, porque, como coadjutor, me concedió la gracia de vivir una vida muy parecida a la de la Sagrada Familia"[3].

 El autor hace extensiva esta experiencia a todos los religiosos; parecería que la imagen conviene tan sólo a los hermanos coadjutores y a los estudiantes, imitando a Jesús durante los años de su preparación al ministerio apostólico; pero no a los sacerdotes, cuya actividad pastoral se asemeja más a la vida pública del Salvador. Sin embargo la atribuye a todos, ya que Nazaret constituye el lugar ideal de los que están llamados a ser "ante todo contemplativos y después hombres de acción". En este sentido, el hermano coadjutor realiza el ambiente de Nazaret en todo lugar, principalmente "en la capilla, en la cocina, en la casa"; el estudiante, en la capilla, en el aula y la biblioteca, en su celda; y el sacerdote, en la capilla, en el lugar de ministerio (confesonario, púlpito, etc.), en la celda[4].

Nazaret es también una escuela de virtudes y de santidad, a imitación de los modelos, ya que ellos son la realización por excelencia de la vida evangélica. Jesús es modelo del coadjutor, ciertamente en las virtudes que más destacan en su vida de familia (el texto arriba citado destaca el amor, la oración, el trabajo, la amabilidad y la sencillez); aunque vistas siempre bajo el prisma de la óptica fundamental, como se dijo en el capítulo segundo. San José, figura atractiva para nuestro padre fundador, cuyas fiestas celebra con alegría, es Patrono del Instituto y modelo a imitar como varón justo, silencioso y abnegado, fiel custodio de Jesús y de María[5]. El epistolario pone especial énfasis en la ejemplaridad de María: Ella es propiamente "el modelo de un hermano coadjutor". Así como Ella cuidó a Jesús, así el hermano cuidará a los sacerdotes, "otros Jesús". Toda acción de María estaba relacionada con la persona de su Hijo Jesús: "pensar", "hablar", "obrar", "servir", etc. Análogamente, toda la actividad del hermano está encaminada a servir a Jesús en la persona de sus ministros. En este sentido, incluso "las ocupaciones son las mismas" o parecidas a las de María, no tanto en la materialidad de la obra, cuanto en la intención por Quien son hechas[6].

También el quehacer del hermano, es decir, su tarea a realizar en la Iglesia, está estrechamente unida a la de los sacerdotes:

"Sí, cada uno, sacerdotes y coadjutores, por la oración y la acción somos llamados a ser apóstoles"[7].

 Unos y otros ejercen su misión apostólica en la integridad de su vida contemplativa y activa. Pero la unidad de misión se diversifica en el modo de ejercerla. Los primeros por medio del ministerio sacerdotal. Los segundos por medio de la tarea que les ha sido confiada, "cuidando a Jesús", es decir:

 "cooperando con amor, directa o indirectamente, por sus oraciones, sacrificios y obras, al ministerio de los Misioneros"[8].

 Se trata, pues, de un espíritu y de una misión netamente sacerdotales. El vocabulario de las cartas de nuestro padre fundador es un indicativo de la acción propia de los coadjutores; su misión está en "acompañar", "cuidar", "ayudar", "cooperar", "servir", etc. en formas muy variadas, y esto en trato directo o indirecto con los sacerdotes[9]. A modo de ejemplo, "acompañar" al sacerdote se entiende, tanto en el aspecto pastoral (sacristía, canto litúrgico, etc.), como en otros aspectos concretos de la vida (un viaje, una enfermedad, etc.).


 

En quien más, en quien menos, en todos brilla el carisma del amor evangélico, manifestado en múltiples ministerios. Unos ayudan en la pastoral  litúrgica como sacristanes, organizadores de grupos de acólitos (constituyéndose por este medio en promotores vocacionales muy eficaces), músicos, cantores, etc.; otros prestan sus servicios por medio de las artes manuales como carpinteros, zapateros, encuadernadores, transcriptores de manuscritos, etc.; quienes más tienen el cuidado de la comunidad como cocineros, panaderos, enfermeros, porteros, etc. Se puede decir que ayudan abnegadamente en todo lo que pueden, según la diversidad de obras y necesidades de cada residencia[10].

Si la misión de la Congregación es realizada por sacerdotes y hermanos coadjutores, también los frutos de fecundidad espiritual son debidos, después, de la gracia, a la colaboración de unos y otros; al grado que el P. Félix no sabría decir

 "cuáles son los religiosos que en una residencia [...] ganan a Dios más almas", pues como él mismo explica, "creo que no depende esto del ministerio sino del amor con el cual cada religioso cumple con sus cargos"[11].

 El secreto de la preocupación particular que el P. Félix tiene por la formación de los hermanos, está en el grande afecto que manifiesta por cada uno de ellos. Esto se revela ya desde el modo como los llama, usando a veces el diminutivo, al hablar de ellos: "nuestros muy amados Hermanitos coadjutores"[12]; expresión que en labios de nuestro padre fundador denota un corazón lleno de cariño paterno por esa porción de sus hijos, merecedora por muchos motivos de todo su aprecio.

Esto se demuestra, además, por los hechos. Ora por ellos, vela por sus intereses personales y ejerce obras de misericordia con sus familiares más necesitados. Pero al mismo tiempo les proporciona los medios para su adecuada formación. Hay elementos que son aplicables a todos los M.Sp.S.; otros, que son específicos de los hermanos. Dice en efecto:

 

"nos dedicamos a su buena formación de una manera especial"[13].

 

Cosa que lleva a cabo a nivel de vida espiritual y de capacitación técnica.


 

En cuanto a su formación espiritual, existen testimonios sobre el seguimiento personal de parte del mismo P. Félix para promoverlos a la santidad de su vocación; en efecto, el hermano coadjutor está llamado "por encima de todo" a "hacerse santo"[14]. Los impulsa al trabajo hecho sobrenaturalmente y por amor, los sostiene en las pruebas, los felicita por su buen espíritu. Mucho les recomienda la lectura espiritual como alimento diario para su vida de oración. Cuando es posible, les da él mismo la conferencia semanal de doctrina cristiana en el Noviciado, exclusiva para ellos[15].

Respecto de la formación técnica no se limita a darles la oportunidad de una capacitación elemental; quiere la superación en los conocimientos y en la práctica de los oficios y artes que les son peculiares, hasta llegar a un justo perfeccionamiento. En ocasiones ve retrasos en esta materia, a lo cual pone remedio inmediatamente en diálogo con el superior. Entre los hermanos aventajados escoge alguno capaz de iniciar a otros en este campo de la formación. Por parte del P. Félix esto es signo de la confianza depositada en ellos; por parte de los hermanos es señal clara de haber llegado a un grado superior de aprendizaje y madurez, en respuesta a las exigencias de su ideal de vida religiosa[16].

Así como se han escrito "Vidas de los Hermanos Coadjutores"[17], que sirven de lección en el camino de la santidad; así también nuestro padre fundador ha dejado algunos rasgos edificantes de los hermanos de la primera hora y se les encuentra en las cartas. Ciertamente habla con mayor libertad de los que ya murieron, cuyo "recuerdo está vivo entre nosotros"; por eso narra su vida, sus virtudes, sus hechos más sobresalientes como M.Sp.S. e incluso sus "florecillas" que alguna vez tienen el encanto de las de San Francisco[18].

He aquí algunas de las características que él encuentra en ellos; las escribe en mérito a su fidelidad y para estímulo de los destinatarios: son piadosos y trabajadores; aman la Eucaristía, a María, a San José, a su Congregación; son humildes y caritativos, amables y serviciales, útiles para todo; dice de dos hermanos que sirven en casas de formación, que son santos; y de los que ayudan en casas de ministerio, añade:

 

"Los hermanitos coadjutores buenos, buenos. Edifican a toda la gente por su modestia y su recogimiento al prestar sus servicios en la capilla"[19].

 Por lo tanto, los ejemplos de su vida religiosa y su presencia activa en las comunidades, manifiestan el estilo de vida de todo M.Sp.S. según el ideal de la Sagrada Familia viviendo en Nazaret. Su carisma contribuye ciertamente a la renovación del espíritu de los M.Sp.S. sacerdotes y a la fecundidad de su ministerio. No cabe la menor duda: nuestro padre fundador está plenamente convencido de la validez de semejante llamado. Por eso en cierta ocasión en que un hermano coadjutor manifestó el deseo de ser sacerdote, él lo disuadió prudentemente y con fundamento, considerando el caso como una mera tentación[20]. Su propósito es más bien que todos ellos permanezcan agradecidos con el Señor y "felices en su santa vocación"[21].

En resumen, el criterio de nuestro padre fundador es que los M.Sp.S. se perfeccionen en los aspectos que les son comunes y en los que les son propios, según se trate del carisma de sacerdote o de hermano coadjutor. El uno y el otro fueron llamados por Dios a ser parte integrante de los fundamentos de la Congregación; es pues lógico que ambos carismas se den la mano como hasta ahora, para seguir edificando la Iglesia hasta el fin de los tiempos.

 

 

 


 

     [1] Const. 1914, n. 11; cf. CF a Mons. Ramón Ibarra, 21 dic. 1914; a Mons. Emeterio Valverde, 4 oct. 1919; a la casa de Roma, 27 oct. 1933 (suplemento I), 8 abril 1934; ID., Pláticas espirituales, p. 4.

     [2] CF a A. Pérez, 7 nov. 1926. Véase la recopilación de 138 Cartas a los hermanos coadjutores, México 1985.

     [3] CF a Id., 26 agosto 1928; cf. a F. Ramos, 22 mayo 1926.

     [4] CF a A. Pérez y M. Maldonado, 29 abril 1928; cf. a la casa de Roma, 2 sept. 1937. (Véanse arriba, pp. 126, 161, 217, 290).

     [5] Cf. CF a la casa de Roma, 26 enero 1932, 19 marzo 1933 y 11 febr. 1934; a L. Gutiérrez, 16 marzo 1935; Const. 1932, n. 156.

     [6] CF a L. Hernández, 9 abril 1935; a A. Lira, 28 agosto 1935; cf. a A. Pérez y M. Maldonado, 29 abril 1928.

     [7] CF circular, 24 sept. 1937 en Escritos I, 75; cf. a A. Pérez, 4 sept. 1927.

     [8] CF a la casa de Roma, 24 julio 1929.

     [9] CF a Id., 6 marzo 1927, 22 abril 1928, 21 mayo 1933; a A. Pérez, 17 marzo 1920, 10 nov. 1933, 26 mayo 1936; a F. M. Alvarez, 29 mayo 1933, etc.

     [10] Cf. CF a Mons. Emeterio Valverde, 4 oct. 1919; a D. Martínez, 29 enero 1923; a M. Maldonado, 8 febr. 1923; a E. Iturbide, 5 dic. 1926; a la casa de Roma, 27 oct. y 10 dic. 1933, 13 sept. 1934, 20 junio y 4 oct. 1936; a A. M. Oñate, 28 agosto 1936; a G. Gaytán, 19 enero 1937; a I. Maciel, 20 junio 1937; a M. Lalor, s.f. En la actualidad la gama de trabajos o "quehaceres" que puede llenar la vida de un hermano coadjutor es muy amplia: "Puede colaborar en la evangelización de los diversos grupos de fieles. Puede estar encargado de la catequesis. Puede dar charlas preparatorias para recibir los sacramentos. Puede colaborar en trabajos misionales especialmente en algunas ocasiones del año, como la Cuaresma. Puede asesorar diversos grupos: acólitos, coros, grupos de apostolado. Puede estar encargado de todo el movimiento de sacristía y animación de ceremonias. Puede llevar la administración económica de una comunidad. Puede llevar todo el orden material de una residencia comunitaria. Puede colaborar en la formación de líderes laicos. Puede tener a su cargo los instrumentos mecánicos de una casa o templo. Puede participar en la formación de otros misioneros del Espíritu Santo". (ANONIMO, Hermano Coadjutor Misionero del Espíritu Santo. Propaganda vocacional, s.f.).

     [11] CF a A. Pérez, 26 mayo 1936.

     [12] CF a los M.Sp.S., 26 junio 1926; cf. a D. Martínez, 11 abril 1922; a la casa de Roma, 19 sept. 1936; Const. 1914, n. 11.

     [13] CF a J. G. Treviño, 12 oct. 1929.

señor Martínez     [14] CF a G. Gaytán, 26 mayo 1936; cf. a A. Pérez, 26 agosto 1928 y 10 nov. 1933.

     [15] Cf. CF a J. Castro, 28 febr. 1920 y 1 mayo 1927; a B. Sarabia, 15 enero 1927; a A. Pérez, 19 junio 1927; a M. Maldonado, 4 sept. 1927; a la casa de Roma, 16 febr. 1936; Const. 1932, n. 43/10.

     [16] Cf. CF a D. Martínez, 17 enero y 25 febr. 1923; a E. Iturbide, 30 oct. 1927; a J. Quijada, 3 junio 1935; a A. Pérez, 25 dic. 1935.

     [17] CF a J. Castro, marzo 1917.

     [18] CF a la casa de Roma, 1 oct. 1936, cf. 23 enero 1927 y 19 sept. 1936; a los novicios, 22 enero 1927. Véase la reciente obra del P. ALFREDO VIZOSO, Hermano Alfonso María de la Santísima Trinidad (en offset). México, 1990.

     [19] CF a L. Ramos, 4 agosto 1934; cf. a D. Martínez, s. f. (probablemente 1922) y 22 nov. 1924; a la casa de Roma, 27 oct. 1929 y 15 abril 1934; a A. Pérez y M. Maldonado, 25 julio 1933; a I. Maciel, 10 nov. 1933; a L. Hernández, 31 agosto 1934. En las Crónicas de la casa de Roma (12 nov. 1934), se da este testimonio: "El Hno. Alfonso Pérez estará unido para siempre al recuerdo de esta casa: durante ocho años fue el servicial, abnegado, humilde y cariñoso servidor de todos sus hermanos. No sabía decir que no a ninguno de los favores que se le pedían, siempre con la sonrisa en los labios, siempre trabajando sin cansarse nunca. Prestó además mucha ayuda a la casa como Ecónomo por algún tiempo. Nuestro Señor le pagará sin duda tanta abnegación".

     [20] Cf. CF a A. M. Miranda, 9 julio 1930; a  J. G. Treviño, 26 julio 1930.

     [21] CF a A. Pérez, 30 julio 1932, cf. 26 agosto 1928 y 10 agosto 1937; Const. 1932, n. 16.

 

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