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Construyendo la civilización del amor
Carmen Martínez
Apóstol de la Cruz
Houston, TX
Como mujer, disculpen varones, quiero hablar directamente a las mujeres.
A nosotras las mujeres “corresponde ser, en este mundo lacerado por tantas contradicciones, presencia viva de la ternura y de la misericordia de Dios” (Juan Pablo II a la Unión Internacional de las Superioras Generales de congregaciones religiosas, Marzo 2001).
Ciertamente no es fácil seguir a Cristo. Hoy tenemos el mayor peligro de alejarnos de la verdad y convertirnos en mujeres arrancadas por lo superficial, lo egoísta, lo vanidoso, lo falaz, lo falso. Pero las mujeres, a la luz de nuestra fe católica, podemos dar paso a la verdadera naturaleza femenina que es robusta, profunda, inspiradora y sólida. Una naturaleza que es "madre". 
“Dios es tres veces Santo, pero mil veces Madre” “...la criatura más santa y perfecta que en el mundo ha existido, fue María, y ¿sabes por qué? Porque correspondió desde el primer instante de su ser a las inspiraciones todas del Espíritu Santo” . Más que ella, solo Dios. Y era mujer, como tú y como yo.
La mujer que desarrolla su interioridad y tiene una comunión amorosa con Dios, que está atenta a la obediencia del espíritu, está mejor preparada para salir al encuentro del amor siendo hija, hermana, amiga, religiosa, esposa, madre, profesional, servidora. Se deja llevar.
Y hablando de mujeres, nos convoca la memoria una mujer que llamamos Conchita. Una mujer seglar de la vida más cotidiana, inmersa en el mundo de su familia, su marido, sus hijos, las preocupaciones de todos los días y al mismo tiempo, viviendo la pasión de Dios. Una pasión en todo el sentido de la palabra. Mujer que se dejó llevar y hacer...
Permitamos que ella nos hable: ... “A cada momento escucho un grito que me dice: No te busques a ti, mírame: y efectivamente iba torcido mi pensamiento, y que si no viniera a mí esa luz, pasaría desapercibido para mí, y hasta por muy santo. Nada más Yo, me vuelve decir... y, qué cierto; yo buscaba algo que no era El solo... Acá, no te arrastres por la tierra, me vuelve a decir, y algo de contentamiento propio insensiblemente me inclinaba... ¡Qué cosas, estoy maravillada! Pero el caso es que aquí me tiene en una lucha muy fina y continuada, dejando a medias mis pensamientos, poniéndoles de repente un dique a mis afectos, humillándome allá muy dentro al palpar la tendencia de estas inclinaciones torcidas del amor propio, y avergonzándome a cada paso al sentir la mirada de Jesús fija en mí tan llenísima de miserias y defectos” .
¿Su secreto? El Señor describe con sencillez la vida que desea para Conchita y sin embargo, qué alto grado de santidad encierra: “Una vida común a los ojos del mundo, pero muy sobrenatural y divina, obedeciendo al menor movimiento de las Gracias, de las inspiraciones del Espíritu Santo” .
Toda misión, todo servicio, toda actividad, tiene un único objetivo: ¡amar! Conchita, ama. Allí radica su secreto.
¿Y dónde está la novedad de ese amor? La novedad de este amor es la identidad con el amor de Jesús, Sacerdote y Víctima que entrega su vida por amor al Padre y a los hermanos: "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15,13). "Como el Padre me ha amado así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor" (Jn 15,9). Ya no es el "amarás como a ti mismo", sino "como Yo os he amado". Allí radica la novedad del mandamiento "nuevo". “A veces lo vemos tan nuevo – decía un sacerdote - que parece sin estrenar”. No lo queremos usar, lo escondemos bajo la mesa, lo guardamos con nuestro amor propio.
Para un mundo nuevo, para un hombre nuevo, una mujer nueva, un mandamiento nuevo. “Un mundo nuevo, no con edificaciones nuevas, casas nuevas, palacios nuevos, sino un mundo nuevo, cuya ley es el amor”, dice el Concilio. Pero como las edificaciones del mundo viejo están construidas en el egoísmo, hay que derribar eso viejo para que lo nuevo, el amor, pueda levantarse y brillar y actuar.
«Comprendí – dice Santa Teresa – que la Iglesia tenía un Corazón y que este Corazón ardía de amor. Entendí que sólo el amor movía a los miembros de la Iglesia [...]. Entendí que el amor comprendía todas las vocaciones, que el Amor era todo».
Los cristianos tenemos la vocación de cambiar el mundo. No hemos sido llamados a conformarnos con el mundo, sino a transformar el mundo por el Amor. Para eso hemos de ser cristianos en la familia, en el trabajo, en la política, en la comunidad eclesial; sal y luz, instrumentos de amor apoyando y ayudando para extender el Reino.
Jesucristo es el nuevo comienzo de todo: todo en Él converge, es acogido y restituido al Creador de quien procede. Por Él, con Él y en Él.
¡Amor nuevo, Amor que salva! que inaugura la era de Jesús, la civilización del amor en que "las tinieblas han dado paso a la luz verdadera" (1 Jn 2,8).
Carmen Martínez
Apóstol de la Cruz
Houston, TX
Armida, Concepción Cabrera de (Cuenta de Conciencia, C.C. 6, 192).
Armida, Concepción Cabrera de (C.C. 35-36).
Armida, Concepción Cabrera de (C.C. 6, 191-192).
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