Carlos Francisco Vera Soto MSpS
Para comprender la vida, obra y espiritualidad de Concepción Cabrera de Armida es importante situarla en el contexto histórico en el que le tocó vivir.
El periodo que va de su nacimiento, el 8 de diciembre de 1862 a su muerte, el 3 de marzo de 1937, es uno de los más agitados del México independiente y quizá de toda la historia del país. Vamos a hacer un viaje relámpago para destacar los elementos más significativos de ese tiempo.
Conchita nació, como hemos dicho, en 1862; entonces estaba recién establecido el gobierno liberal de Benito Juárez quien había tomado el poder el 11 de enero de 1861, después de vencer al partido conservador en la cruenta guerra conocida como “La Guerra de los Tres Años”, causada por la
arbitraria aplicación de la Constitución de 1857, que tenía como finalidad despojar a la Iglesia Católica de sus bienes y descatolizar al pueblo. El partido conservador fue la oposición y perdió. Estas luchas se enmarcan en un círculo más amplio; es la lucha de los Estados laicos por independizarse de la Iglesia. Atrás de este triunfo estaba el gobierno de Washington, deseoso de expandirse hacia el sur y el partido liberal se prestaba a ello, por eso Juárez contó con el apoyo de los vecinos del norte.
Benito Juárez no fue un gobernante popular, primero porque la mayoría del pueblo era católico y él era conocido masón grado 33, después porque su gobierno efectúo un despojo de colegios, hospitales, conventos, orfanatos; dejando a miles de personas en la calle. La filiación masónica de Juárez y su servilismo hacia los Estados Unidos impidieron, además de otras graves fallas políticas, que el indio de Guelatao fuera popular en vida. La “juarolatría”, o el culto a Juárez, es obra de gobiernos posteriores; es el fruto de políticas orquestadas para justificar algunas intenciones bien determinadas de los grupos en el poder.
Además, a pesar de la gran cantidad de bienes del clero vendidos, malbaratados, es el término más preciso, el gobierno de Juárez tuvo graves penurias económicas, por lo que decidió suspender la deuda externa el 27 de julio de 1861. Dicha suspensión de pagos causó la reacción de España, Francia e Inglaterra quienes el 19 de febrero de 1862 estaban ya en Veracruz dispuestos a cobrarse a como diera lugar. Después de varias entrevistas diplomáticas, España e Inglaterra se retiran, convencidas de que Francia, con su emperador Napoleón III a la cabeza, buscaban en México algo más que cobrar su deuda.
Efectivamente, los intereses franceses sobre México tenían una honda raíz en la que entraban complejos motivos. Destacan: el interés en las riquezas del país y el utópico freno que la pareja imperial francesa, Napoleón y Eugenia de Montijo, pensaban poner a la expansión de Estados Unidos, así como frenar el avance protestante oponiendo un gobierno católico. Los franceses invaden México; en un primer momento, por el desconocimiento y la sorpresa, el ejército más poderoso del mundo es derrotado por los mexicanos, en Puebla, el 5 de mayo de 1862; pero ese efímero triunfo será pronto borrado por las distintas derrotas que los franceses inflingieron al ejército mexicano.
Mientras tanto en Europa, un grupo de mexicanos perteneciente al partido conservador, convence a Napoleón y a Eugenia para que ofrezcan a un príncipe europeo la “corona” de México. Después de
innumerables intentos y regateos, Maximiliano, archiduque de la casa de Austria, hermano del emperador Francisco José, casado con la princesa belga Carlota Amalia, acepta prestarse para la “aventura mexicana”. La pareja llega a Veracruz el 28 de mayo de 1864. El efímero gobierno de este príncipe soñador y su inteligente y ambiciosa consorte fue en verdad breve. Una política mal llevada, un desconocimiento de las intrigas a la mexicana y un error de cálculo al apostar por los liberales y enemistarse con los conservadores, junto al cansancio de Napoleón y a las obligaciones de Francia en Europa, hicieron que todo el sueño imperial se viniera abajo. Como en las tragedias griegas, todo fue extremo: la emperatriz de volvió loca y terminó sus días recluida en Bélgica; el emperador murió fusilado en Querétaro el día 19 de junio de 1867, debido a la traición de uno de los suyos y además su compadre, el coronel Miguel López, del Regimiento de la emperatriz. Y Juárez y Estados Unidos triunfaron estableciendo una República Federal.
Cuando la niña Concepción Cabrera Arias tenía 5 años, ya había visto caer un imperio.
Viene después otro periodo de gobierno de Benito Juárez como presidente. Cargo que no le arrebatará nadie más que la muerte. El periodo fue muy agitado; el país estaba completamente dividido, la economía desecha, los ánimos crispados. Había bandidos en todos los caminos, secuestros, extorsiones. Hubo pronunciamientos en muchos estados de la República. Juárez muere el 18 de julio de 1872. Le sucede en el gobierno Sebastián Lerdo de Tejada en un gobierno interino. Aplicó severamente las Leyes de Reforma y las incorporó a la Constitución. Desterró a los religiosos y expulsó a las Hermanas de la Caridad, queridísimas en México y que ni Juárez se había atrevido a tocar. Emprendió una campaña contra la educación católica.
Surge un nuevo líder en la persona del general Porfirio Díaz, antiguo héroe de la Intervención francesa, quien se levanta en armas, y con un golpe de Estado se declaró presidente interino el 21 de noviembre de 1876. El 17 de febrero de 1877, en elecciones populares, Porfirio Díaz resulta elegido como
presidente constitucional de la República de México. Cuando va a comenzar el largo periodo de gobierno del general Díaz, que marcó la historia de México con el nombre de Porfiriato, Conchita Cabrera tiene 15 años; es una experta amazona, una guapa muchacha en la flor de la edad, cortejada por muchos pretendientes, pero se ha hecho novia del joven Francisco Armida García, al que le es fiel.
La larga etapa del gobierno del general Porfirio Díaz, de 33 años con una sola interrupción relativa, con el gobierno de Manuel González (1880-1884) fue un periodo de consolidación y florecimiento en todos los niveles. Primero, se alcanzó la paz, largamente deseada por el pueblo mexicano, después, se creó una nueva estructura económica que posibilitó a México desarrollar la industria y el comercio. Se emprendieron grandes obras de infraestructura: caminos, ferrocarriles, puertos de altura, alumbrado público, electrificación, telegrafía, telefonía. México se modernizó. Se dotó al país de un sistema educativo moderno, bajo el ideal del positivismo francés de Augusto Comte. Se educó en el ateísmo práctico, aunque no se impidió la educación católica. Se sofocaron todos los intentos de crecimiento político y democrático, de tal modo que estas generaciones no tuvieron ni idea de lo que era hacer política.
La Iglesia se recuperó de sus graves expoliaciones, se crearon nuevas diócesis, se reorganizaron los seminarios; la pastoral tuvo nuevas posibilidades y sacerdotes y obispos pudieron trabajar en paz, sólo que, al margen de la ley, pues ninguna de las Leyes de Reforma ni de la Constitución de 1857 fueron abrogadas o reformadas. Simplemente el dictador y su esposa se hicieron de la vista gorda y favorecieron las empresas de la Iglesia Católica a la que pertenecían. Los obispos y el Vaticano aceptaron esta especie de “modus vivendi”, aunque los más críticos veían el peligro que significaba no modificar las leyes.
Uno de los aspectos más graves del capitalismo liberal del Porfiriato fue la tremenda brecha que se abrió entre ricos y pobres, la penetración casi total del capital extranjero, y la poca permeabilidad de la riqueza hacia las clases pobres. Esto terminó por generar un estado de cosas insostenible. La falta de democracia y la creciente riqueza concentrada en pocas manos hicieron estallar la Revolución mexicana; la primera del siglo XX. La cabeza de este movimiento recayó en un rico terrateniente del norte, visionario e idealista: Francisco I. Madero. La revolución comenzará, nominalmente, el 20 de noviembre de 1910. Conchita, para entonces, es una mujer viuda, con 7 hijos y con 48 años de edad.
Podemos decir que fue durante estos 33 años de paz que Conchita va a vivir lo más significativo y trascendente de su vida y de su obra: su matrimonio con Francisco Armida García en 1884; sus primeros ejercicios en 1889; el inicio de su dirección espiritual con el padre Alberto Mir y el comienzo de la escritura de su Cuenta de conciencia en 1893. Se graba el monograma, tiene la visión de la Cruz del Apostolado en 1894; se traslada a la ciudad de México en 1895; se funda el Apostolado de la Cruz el mismo año. Se fundan las religiosas de la Cruz en 1897. Enviuda en 1901. Se encuentra con el padre Félix Rougier en 1903 y rompe con el padre Mir el mismo año. Recibe la gracia central de su vida en 1906. Se funda la Alianza de Amor en 1909. Realmente el florecimiento de la Iglesia de México en este periodo, corre a la par con las gracias recibidas por Conchita y por el florecimiento de las Obras de la Cruz.
Con la llegada al poder de Francisco I. Madero, —6 de noviembre de 1911— después de unas cuantas y breves batallas y la dimisión y con exilio de Porfirio Díaz y su familia, se abrió una puerta a la esperanza de una vida democrática y renovada en lo político y con los deseos de un
cambio efectivo en la situación social del país. Pero a Madero le tocó un momento histórico tan complejo y difícil que en breve tiempo, el que había sido saludado como “apóstol de la democracia”, terminó por no darle gusto a nadie. Hombre bueno e idealista, bien formado, de excelente buena voluntad, le dio demasiada importancia en su vida privada y pública al espiritismo. No supo rodearse de la gente necesaria; todo el mundo habló mal de él, la prensa, los antiguos partidarios de Porfirio Díaz, los estadounidenses que vieron mermadas sus ganancias, los zapatistas que no obtuvieron ninguna respuesta a sus demandas de tierra y aún la gente común que no experimentó un cambio mágico en su situación. Con el apoyo, como no, de Estados Unidos a través de su embajador, un grupo de generales ex porfiristas, dieron un golpe de Estado. Madero nombró al general Victoriano Huerta jefe para sofocar la rebelión. Éste lo traicionó; apresó a Madero y a su vicepresidente José María Pino Suárez, quienes fueron asesinados.
Victoriano Huerta se declara presidente interino el 19 de febrero de 1913; su gobierno no va a durar al serle quitado el apoyo y reconocimiento de Estados Unidos. Cae el 15 de julio de 1914. Ahora sí comienza la verdadera revolución; en el norte se alzan los constitucionalistas, con Venustiano Carranza a la cabeza y los villistas con el controvertido Pancho Villa como jefe de la mítica “División del Norte”. Ese año de 1914 va a ser terrible en todo el país que sufre una ola de destrucción y latrocinio. El general Obregón, aliado de Carranza, toma la ciudad de México el 15 de agosto de 1914. El ejercito zapatista entra por el sur. Los Misioneros del Espíritu Santo son fundados el 25 de diciembre de ese año de 1914, a puerta cerrada, cuando villistas y zapatistas todavía ocupan la ciudad. Los años siguientes son de una lucha sangrienta entre los distintos bandos revolucionarios.
Venustiano Carranza convoca en diciembre de 1916 a una convención en la ciudad de Santiago de Querétaro para redactar una nueva Constitución. Ésta resultó el fruto, después de ardientes debates, de la fracción más jacobina de la junta constituyente, encabezada por el general sonorense Álvaro
Obregón. Fue promulgada el 5 de febrero de 1917. La Constitución no trajo la paz; al contrario, su radicalidad en contra de la Iglesia católica, a la que desconoce, encendió más los ánimos. Los obispos protestaron; muchos fueron exiliados. Subió al poder el general Venustiano Carranza quien, tras breve y agitado gobierno, fue traicionado por su antiguo aliado, Álvaro Obregón, y fue asesinado el 24 de mayo de 1920.
Conchita vivió con serenidad todo el periodo de la revolución mexicana, pero sin dejarse de preguntar el por qué Dios mandaría esa prueba a México; encuentra respuestas en la indiferencia de algunos de los obispos y de los sacerdotes a sus ministerios, la falta de la vivencia de las virtudes por los que se dicen católicos y finalmente, la falta del Espíritu Santo en la vida de los creyentes. Durante este agitado periodo que va de 1910 a 1920, suceden cosas muy importantes en la vida de Conchita: Se funda la Liga Apostólica en 1912; toma la dirección del arzobispo de Puebla, Ramón Ibarra ese mismo año. Peregrina a Roma y se entrevista con el papa Pío X en noviembre de 1913 quien le concede la fundación de los Misioneros del Espíritu Santo. Como hemos dicho, se fundan los Misioneros del Espíritu Santo en 1914. Muere en su casa, enfermo y perseguido, su director espiritual, el arzobispo de Puebla, Ibarra, en 1917. Comienza la última etapa de su itinerario espiritual con la vivencia de una honda experiencia existencial de la soledad.
Y el país, con la muerte de Venustiano Carranza, inicia una nueva etapa. La llegada al poder presidencial del general Álvaro Obregón planteó a los católicos nuevos y difíciles retos. Su filiación masónica y los compromisos que había adquirido con la facción “jacobina” en Querétaro sellaron la
orientación de su gobierno. Por esos tiempos también llegan a México grandes oleadas de ideología marxista que permearon la vida social, cultural y política del momento. El gobierno de Obregón (1920-1924) busca dar una nueva identidad al Estado surgido de la revolución. Eliminados todos los enemigos políticos, la Iglesia se vuelve el único muro en donde se estrellan las aspiraciones totalizantes de este gobierno. Se consolidan las grandes asociaciones obreras y campesinas. Hay una ebullición volcánica como de lava que hierve. Se busca, como ideología, imponer una visión prehispánica idílica contrapuesta a la visión “hispanizante” a la que se clasifica de retrógrada, colonialista y causante de todos los males de México; se liga a la Iglesia Católica a esta visión, como fuerza que obstaculiza todo progreso.
Con los deseos de ser reelegido, Obregón deja el poder y entra otro general sonorense, Plutarco Elías Calles, con fobias personales severas contra todo lo católico. Tomó muy a pecho su papel como
gobernante reformador. Vio en la Iglesia al principal obstáculo para el crecimiento del país y entonces contando con el servilismo de las cámaras y de los estados, legisló para controlar y aniquilar a la Iglesia. La aplicación de estas leyes, llamadas “Ley Calles”, en julio de 1926, orilló a los obispos a suspender el culto público como medida de protesta. Los católicos, especialmente los campesinos de Los Altos de Jalisco, del Bajío y de algunos estados del sur, se alzaron espontáneamente en armas contra el gobierno opresor. La Liga Nacional de la Defensa de la Libertad Religiosa (LNDRL) toma a su cargo la organización y la promoción de esta guerra de guerrillas, llamada la “guerra cristera”. La jerarquía eclesiástica se vio dividida entre el apoyo, la indiferencia o la condena a los alzados. Por casi tres años (1926-1929) se libró una desigual batalla entre el gobierno federal contra los “soldados de Cristo Rey”, como se autollamaron. La guerra termina con unos mal llamados “Arreglos” el 1 de junio de 1929, con la intervención de los Estados Unidos, la Iglesia Mexicana y el gobierno de México. Los católicos más fervientes se quedaron con la sensación de haber sido abandonados por sus pastores. Hubo muchos víctimas de los dos bandos, pero especialmente de los católicos, mal armados, mal preparados para la guerra, sin sueldo, sin otro ideal que vencer a quien les quitada el derecho de vivir su fe. La guerra cristera fue un verdadero trauma en la vida del país.
Durante los años de 1920 a 1929, Conchita vivirá con gran intensidad varios acontecimientos, la mayor parte de ellos como luces y sombras de un país que se debate en el doloroso camino de encontrarse a sí mismo. En 1922 se ordena en España su hijo Manuel, jesuita. Ella no asiste. En octubre de 1924 tiene la alegría de vivir en un clima verdaderamente electrizado, el Congreso Eucarístico Nacional en la ciudad de México; se alegra de que, por fin, en esas fechas el país sea consagrado por todos los obispos a la Tercera Persona de la Sanísima Trinidad, iniciativa que había sido suya y que apoyó el padre Rougier. En 1925 toma como director espiritual al obispo coadjutor de Morelia, monseñor Luis María Martínez. Recibe la gran alegría de saber que finalmente el padre Félix Rougier puede pasar a formar parte de la Congregación de los Misioneros del Espíritu Santo en 1926. Ese mismo año viaja a Chicago al Congreso Eucarístico Internacional. La guerra cristera es vivida por Concepción Cabrera, con gran dolor y especial intensidad. Durante este tiempo recibe de parte de Dios las “Confidencias”, doctrina medular en su obra mística sobre el sacerdocio y lo sacerdotes. Tiene la pena de ver como 11 religiosas de la Cruz son llevadas a la cárcel de alta seguridad de las Islas Marías, en mayo de 1929. Su proceso espiritual oscila entre las desolaciones interiores y la vivencia de ser toda para los sacerdotes.
Antes de terminar la guerra cristera, un acontecimiento conmociona a todo el país, el general Obregón, que había hecho de todo para modificar la Constitución, fue reelegido para un segundo periodo presidencial. Estando en las celebraciones de su reelección, es asesinado el día 17 de julio de 1928, por un católico practicante, José de León Toral. Se desata una ola de odio, como si faltara leña al fuego, sobre los católicos.
Este asesinato le deja libre el campo a Plutarco Elías Calles quien domina la escena política nacional. Es el “Jefe Máximo de la Revolución”. Se inicia la época llamada del “Maximato”; en el gobierno, Calles impone a figuras manipulables; Emilio Portes Gil (1 de diciembre de 1928 al 5 de febrero de 1930), quien fue el presidente que tuvo los “Arreglos” para terminar la guerra cristera. Vino después Pascual Ortiz Rubio (de febrero de 1930 a febrero de 1932), quitado por Calles al no plegarse por completo a sus deseos. Los sustituye Abelardo L. Rodríguez hasta el 30 de noviembre de 1934. Entregó el poder a un “discípulo” de Calles, el joven general Lázaro Cárdenas del Río.
Este periodo es el de la plena madurez espiritual de Conchita; llevada por monseñor Martínez, la va a impulsar a vivir en la plenitud de la misericordia y de la entrega. La manera de orientarla es a través de los ejercicios espirituales y de la atenta y constante correspondencia. Esta etapa será especialmente fecunda.
El gobierno de Cárdenas trae nuevas zozobras para los católicos y para toda la Iglesia. Pone en vigor una ley, decretada por Calles durante el gobierno de Abelardo L. Rodríguez, en la que se decreta la
obligatoriedad de la educación socialista. La ley entró en vigor el primer día de gobierno de Cárdenas, el 1 de diciembre de 1934. El Estado, por todos los medios buscaba eliminar a la única instancia de oposición, que cuestionaba su legitimidad, o buscaba poner límites a sus decisiones, o sea, a la Iglesia. Además, como ningún otro gobernante surgido de la revolución, Cárdenas se empeñó en crear el “ejido”, pequeña propiedad rural para los campesinos, surgida de la confiscación de las antiguas grandes haciendas. Pero ¿quién los enseñó a trabajar? ¿Quién les daba semilla, agua, tractores? ¿Quién les ayudaba a mantenerse mientras llegaban las cosechas, si llegaban? El ejido nació muerto. Fue uno de los experimentos más costosos del país, que aún ahora estamos recogiendo los frutos de esos fracasos mesiánicos de nuestros gobernantes. Cárdenas se cansó de cerrar iglesias, de fracturar latifundios, de mandar educación socialista y los católicos no se cansaron de llenar iglesias, de brincarse, como podían, con riesgos aún de perder la vida, de ser clandestinos para organizar la educación católica y aún para mantener la producción del campo al margen del ejido. En realidad, los grandes latifundistas de este tiempo fueron los ilustres hijos de la revolución como Plutarco Elías Calles, el mismo Lázaro Cárdenas, Tomás Garrido Canabal, Gonzalo N. Santos y otros tristes ejemplos que ni vale la pena mencionar para no gastar tinta.
El discurso altamente ideologizado del “Energúmeno de Jiquilpan”, general Cárdenas, perdió su filo cuando vio que, para la arriesgada medida de la nacionalización del petróleo, que en esos tiempos estaba mayoritariamente en manos de compañías de Estados Unidos, necesitaba de la unidad de todos los mexicanos. Entonces, bajó el volumen de su discurso y “permitió” algunas, elementales libertades a la educación y al culto. El pueblo respondió generosamente y entonces, el 18 de marzo de 1938 pudo nacionalizar el petróleo con el virtual apoyo de todos los mexicanos. Este último momento de distensión, ya no lo vivió Concepción Cabrera de Armida. Su última etapa de vida se caracterizó por
una intensa vivencia de la soledad, no sólo en sentido físico, sino como camino espiritual. Hizo sus últimos ejercicios espirituales en Morelia a finales del año de 1936. Regresa muy enferma y llena de penas interiores. La última vez que escribe en su Cuenta de conciencia es el día 8 de diciembre de 1936; las últimas palabras que consignó en ella son estas: ¡Oh mi Jesús, bendito seas y todo para tu gloria (CC. 66, 184. Diciembre 8 de 1936). Dos días antes de morir, recibe la feliz noticia de que su amado director espiritual, don Luis María Martínez ha sido nombrado arzobispo de México. La Obras de la Cruz quedan en buenas manos. Última caricia en esta tierra de parte de Dios para su hija. Conchita deja este mundo la madrugada del 3 de marzo de 1937 a los 75 años, dos meses y 23 días. México sigue su camino en la incansable búsqueda de su identidad política, social y religiosa.
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