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M.B.A. Douglas Umaña Esquivel.
En nuestros países basta una mirada a la realidad sociopolítica, económica y eclesial para darnos cuenta de la crisis que sufrimos: el desempleo, la pobreza extrema, la falta de oportunidades, la crisis familiar, la desorganización en el sector educativo y la vocación de sacerdotes verdaderamente convertidos. Todo esto lleva a una desesperación colectiva. Debemos entonces trabajar ofreciéndonos por los rostros sufrientes: los pobres, los excluidos, los afroamericanos, los indígenas, los migrantes, los enfermos, los adictos. Nuestra espiritualidad no puede ser ajena a esta realidad, nuestro compromiso es promover la participación en el banquete común, incluyendo a los menos favorecidos llevando el pan de la esperanza, el pan de la reconciliación, el pan de la Palabra de Dios que tanto se necesita; acompañando al hombre y a la mujer a un encuentro con Cristo siendo sencillos, discretos y humildes para anunciar el evangelio.
La Iglesia Católica está preocupada ante la crisis de valores y la serie de problemas sociales que enfrentan las familias en Centroamérica, quisiera hacer referencia a la primera encíclica del Papa Benedicto XVI “Deus Caristast Est”, la cual se refiere a que “la iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia”.
El mundo en general y Centroamérica especialmente no escapa a estar atravesando una crisis pues vivimos dentro de un ambiente de materialismo, de violencia, desintegración familiar y otros cientos de problemas en los que nosotros como hijos de la Espiritualidad de la Cruz estamos llamados a tener un papel importante. Debemos ser líderes orientadores de nuestros pueblos en Centroamérica, ofreciendo acompañamiento a nuestros hermanos que es de lo que más adolecemos hoy en día, tratando de hacer un trabajo más intenso en cuanto a formación de la personas en las Obras de la Cruz como agentes de pastoral para poder ofrecer, vivir y compartir con nuestros hermanos la esperanza de un futuro mejor.
Siendo nuestra región una zona de varios países con diferentes culturas, herida por guerras que solo han derivado es separaciones, ahora también nos ataca a lo interno el flagelo de las “maras” en donde las familias son separadas por el dolor de hijos e hijas que buscando su identidad se integran en pandillas. Diferentes los países a simple vista unos de otros, divididos todos por las fronteras humanas y mentales que nos hemos puesto; debemos entonces abrirnos al perdón, a la tolerancia, a la comprensión y a la aceptación sincera de la realidad. Buscar esa integración universal a la cual nos invita el evangelio de volver a una verdadera conversión a favor todos nosotros y especialmente de nuestros sacerdotes y líderes.
Tenemos esperanza y sobre todo un gran entusiasmo. Hoy estamos presentes en casi todos los países de una manera activa (Guatemala, El Salvador, Honduras y Costa Rica). Lo que fue un regalo que le dio Nuestro Señor a nuestra madre Conchita hace más de cien años va poco a poco materializándose en nuestras tierras. Hoy se puede hablar de proyectos en conjunto que servirán para fortalecer los lazos de fraternidad y comunión de las obras en donde trabajemos. Con fe, mística, clara identidad cristiana y una estructura que se ha ido fortaleciendo, ofreciéndonos un horizonte que se abre. Las Obras del la Cruz son Obras de Amor, por ser su autor el Espíritu Santo. Jesús Salvador de los hombres, sálvalos, sálvalos.
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