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Reclamarle a Dios

Aunque habría mucho qué decir sobre la manera de expresar nuestra agresividad frente a otras personas e incluso frente a nosotros mismos, aquí sólo tocaré la expresión de nuestra agresividad frente a Dios.
No tengamos miedo de expresarle a Dios lo que verdaderamente llevamos en el corazón. Ante la muerte de un ser querido, ¿por qué sólo inclinar mansamente la cabeza y dejar correr nuestras lágrimas? En un accidente automovilístico falleció una religiosa que había ingresado al noviciado cinco años atrás. Cuando su mamá vio el cadáver, expresó su dolor y rebeldía diciéndole a Dios: «Yo te la entregué viva, y mira cómo me la regresas». Esto es oración; ¡una auténtica oración! Y una oración así, despierta los oídos interiores para poder escuchar la respuesta que Dios da.
Si no somos capaces de reclamarle a Dios, acabaremos alejándonos de Él, pues lo sentiremos como alguien insensible, a quien no le importa nuestro dolor.
Ante tanto sufrimiento producido por terremotos, inundaciones o incendios; ante un hijo que nace con síndrome de Down o ante un cáncer que me acaban de detectar, ¿cómo decir simplemente: «Así lo ha querido Dios»? Él no nos ha creado como esclavos sumisos o robots insensibles. Nos ha hecho personas libres que pueden cuestionar sus designios o rebelarse ante su voluntad.
Yo, para amigo, prefiero a una persona verdadera, que se valore a sí misma, que tenga un proyecto. Alguien que me exija dialogar para llegar a un acuerdo, que tenga sus propios sentimientos, que no dependa de mí. Prefiero a alguien así, que a un ser sumiso y servil, incapaz de expresar lo que quiere o de manifestar sus desacuerdos o sus molestias. Creo que Dios también prefiere amigos así.
También podemos expresarle a Dios nuestros sentimientos respecto de personas que nos han hecho mal. No se trata de juzgar la intención de nadie, sino de expresar el dolor que nosotros sentimos. ¿Qué podrá decirle a Dios un padre de familia cuya hija de 12 años ha sido violada y asesinada? ¿Cuál será la oración de un obrero de 50 años injustamente despedido, o la de un campesino que tuvo que emigrar y es explotado en el extranjero? ¿Cómo se dirigirá a Dios la madre que no tiene dinero para dar de comer a sus hijos, o la esposa que acaba de descubrir que su marido le es infiel?
Escuchemos la oración de Jeremías: «¡Oh Señor de los Ejércitos, juez de lo justo, que conoces el corazón y las intenciones de los hombres!, que vea yo tu venganza contra ellos, porque a ti he encomendado mi causa» (Jr 11, 19-20).
El sufrimiento que por nuestra incoherencia nos causamos a nosotros mismos es también materia para la oración. ¿Qué le dirá a Dios el alcohólico o el drogadicto, después de otra recaída; o el sacerdote vanidoso y egoísta; o el empleado público que acaba de aceptar un soborno; o el adolescente apático, hastiado de todo; o la religiosa floja y envidiosa; o el anciano que por su carácter ha alejado de sí a todos y ahora siente que su soledad le es insoportable? En tales situaciones, podemos decir como Job: «¡Mi alma tiene asco de mi vida! Por eso daré libre curso a mi queja, hablaré de mi amargura» (Jb 10, 1). También podemos orar como el salmista:
Ten compasión de mí que estoy sin fuerzas;
sáname pues no puedo sostenerme.
Aquí estoy sumamente perturbado,
y tú, Señor, ¿hasta cuándo?
(Sal 6, 3-4).
¡Cuánto consuelo da tener un interlocutor que nos permite expresarnos; que nos invita a mostrarle nuestras llagas; que compasivamente acoge nuestro dolor y nuestra rabia; que nos responde con su palabra, con la experiencia íntima de su presencia o con su silencio atento y comprensivo!
Expresar verbalmente los sentimientos
La expresión verbal de nuestros sentimientos agresivos tiene ventajas para nosotros. La primera es que al expresarlos los podemos reconocer. Muchas veces, al hablar con alguien y contarle cómo nos sentimos, es cuando realmente entendemos qué nos está pasando.
Además, al hablar de nuestros sentimientos, poco a poco los vamos aceptando: «Sí, realmente estoy enojado / triste / desesperado». Más aún, los vamos aceptando como propios, sin escandalizarnos de nosotros mismos. En lugar de exclamar asombrados: «¿Cómo es posible que yo sienta esto?»; serenamente diremos: «Siento celos de X», «Envidio a Y», «Siento deseos de venganza», «No me soporto a mí mismo».
Sólo conociendo nuestros sentimientos y aceptándolos como propios podremos manejarlos adecuadamente, sin ser esclavos de ellos ni “salpicar” a los demás.
Qué liberador resulta hablar con Dios acerca de lo que realmente nos pasa; exponerle todo lo negativo que hay en nosotros, sin temor a que se asuste. Escuchemos la oración de un anciano:
No me despidas ahora que soy viejo,
no te alejes cuando mis fuerzas me abandonan.
Pues mis enemigos hablan contra mí
y los que esperan mi muerte hacen planes.
Dicen: «Dios lo ha abandonado;
persíganlo y agárrenlo, nadie lo ayudará».
Oh Dios, no te alejes de mí,
Dios mío, ven pronto a socorrerme.
Que queden humillados, cubiertos de vergüenza,
los que me ponen asechanzas.
Que el insulto y la infamia
envuelvan a los que quieren mi desgracia.
(Sal 71, 9-13).
No dudemos en hacer nuestra oración en voz alta, gritando. Pronunciar las palabras que brotan de nuestro corazón, sin pasar por la censura, es liberador. Escuchar la expresión espontánea de los sentimientos que nos queman las entrañas es fuente de consuelo y paz. Para que nadie vaya a pensar que estamos locos, busquemos un lugar apartado o solitario para gritarle a Dios. Jesús «se retiraba a los lugares solitarios» para orar (Lc 5, 16) y suplicaba a su Padre «con poderoso clamor y lágrimas» (Hb 5, 7). Yo aprovecho para gritarle a Dios cuando voy solo en el coche o cuando salgo a correr de madrugada.
Hace poco una religiosa me compartió su manera, escrita, de gritarle a Dios: «Cuando estoy con mucha cólera, cuando no entiendo algo o se me hace difícil aceptarlo, o cuando estoy feliz por alguna noticia que se me dio, voy un momento a la capilla, saco una hoja en blanco y escribo con letras grandes mi sentimiento: cólera, rabia, frustración, tristeza, gozo, gratitud, etc. Me quedo un momento con Él para que me serene. Luego salgo y rompo la hoja. Esto me ha servido».
Al expresar a Dios mi agresividad, estoy también tomando conciencia de mis deseos destructivos. Sólo así podré manejarlos de acuerdo a los valores del Evangelio. Cuántas veces, casi sin pensarlo, se nos han salido expresiones como éstas: «¡Quisiera matarlo!», «Ya me quiero morir», «Tú no me amas, Señor; no te importa lo que me pasa».
Cuando expreso a Dios mi odio, ira o resentimiento contra alguien, estoy renunciando a tomar venganza por mi propia mano, y dejo que Dios actúe conforme a su justicia (cf Rm 12, 19). San Pablo escribe en una de sus cartas: «Alejandro, el herrero, me ha causado mucho daño. El Señor le dará su merecido por lo que ha hecho» (2 Tm 4, 14).
De esta manera se abre en mi corazón un camino para el verdadero perdón, pues perdonar no consiste en hacer como si yo no hubiera recibido la ofensa, la injusticia o el daño, sino en renunciar a devolver mal por mal (cf Rm 12, 17), en dar al otro la posibilidad de cambiar y en ofrecerle nuevamente mi relación.
Y una vez otorgado el perdón, comienza a sanar la herida de mi corazón.
Orara para no matar
Si miramos con sinceridad en nuestro corazón, veremos que en él existe insatisfacción respecto de nosotros mismos (si tú te sientes satisfecho —o satisfecha— de ti, deja ya de leer este libro; de nada te servirá). No somos lo que quisiéramos ser. No somos lo que Dios quiere que seamos. En nuestro corazón existe un anhelo de infinito, un deseo de Dios; y porque no podemos poseerlo plenamente ni de manera estable, estamos insatisfechos. Más aún, somos seres insatisfechos. Por eso buscamos la conversión y queremos superarnos; por eso hacemos propósitos y tomamos cursos; por eso recurrimos a la ayuda de los demás. Por eso oramos.
Al constatar nuestra miseria y pecado, además de los sentimientos que nos surgen, aparecen en nuestra mente ideas autodestructivas, incluso la tentación del suicidio. Si en lugar de asustarnos por esto y tratar de negarlo, somos capaces de orar, muy probablemente no nos dañaremos ni intentaremos quitarnos la vida.
Querer negar estos sentimientos y estas ideas sólo consigue aumentar la ansiedad y la culpa, las cuales nos impulsan a llevar a cabo precisamente aquello que deseamos evitar.
Escuchemos algunas oraciones de personas que no cometieron suicidio:
- Moisés había sacado a los israelitas de Egipto. El pueblo estaba en el desierto, con hambre, y exigía alimentos. Entonces Moisés, irritado, reclama a Dios: «¿De dónde voy a sacar carne para dársela a todo este pueblo, que me llora diciendo: “Danos carne para comer”. No puedo cargar yo solo con todo este pueblo: es demasiado pesado para mí. Si vas a tratarme así, mátame, por favor, si he hallado gracia a tus ojos, para que no vea más mi desventura» (Nm 11, 14-15).
- El profeta Elías, amenazado de muerte por Jezabel, esposa del rey Ajab, tuvo miedo y huyó para salvar su vida. Avergonzado de su cobardía «se deseó la muerte y dijo: “¡Basta ya, Señor! ¡Toma mi vida!”» (1 R 19, 4).
- Jeremías, afligido por las dificultades, las burlas y la persecución que le ha traído su misión de profeta, exclama: «¡Maldito el día en que nací! ¡El día que me dio a luz mi madre no sea bendito!» (Jr 20, 14).
- Jonás fue enviado por Dios a anunciar la destrucción de Nínive. Pero la ciudad pecadora se arrepiente y Dios la perdona. Entonces Jonás, indignado contra Dios, le dice: «Ahora, pues, Señor, te suplico que me quites la vida, porque mejor me es la muerte que la vida» (Jon 4, 3).
- Job ha perdido todos sus bienes, sus hijos han muerto al derrumbarse la casa donde se encontraban, y Job mismo tiene una llaga maligna en todo el cuerpo. Entonces se rebela diciendo: «¡Perezca el día en que nací, y la noche que dijo: “Un varón ha sido concebido”! ¿Por qué no morí cuando salí del seno? ¿Para qué dar a luz a un desdichado? ¿Para qué me sacaste del seno?» (Jb 3, 3.11.20; 10, 18).
Pablo de Tarso, después de narrar sus gracias de unión con Dios, nos comparte la experiencia de su debilidad. Sentía en su carne un «aguijón», una «espina». No sabemos a ciencia cierta de qué se trataba; pudo haber sido una limitación física, intelectual, moral o espiritual. Pero era una flaqueza que lo hacía sentirse desilusionado de sí mismo. Luego nos comparte el contenido de su oración: «Por este motivo tres veces rogué al Señor que se alejase de mí». Entonces viene la respuesta de Dios: «Te basta mi gracia, que mi fuerza se muestra perfecta en la debilidad». Esta respuesta cambia la actitud de Pablo hacia sus propias limitaciones; entonces dice: «Por tanto, con muchísimo gusto presumiré de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo […], pues cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12, 1-10).
Cuando tenemos deseos de venganza, si somos capaces de orar, muy probablemente nunca mataremos a nadie. Así oraba el salmista:
Oh Dios, ordena su masacre,
pues tu pueblo no debe olvidarlo.
Tú, tan valiente, persíguelos y mátalos,
oh Señor, nuestro escudo.
No hay palabra en sus labios
que en su boca no sea pecado.
Quedarán atrapados en su orgullo,
en los insultos y mentiras que pronuncian.
En tu furor aplástalos,
destrúyelos y que ya no existan más.
Entonces se sabrá que Dios reina en Jacob
y hasta los confines de la tierra.
(Sal 59, 12-14).
Cuando nos sentimos enemistados con Dios o desilusionados de Él, si somos capaces de orar, muy probablemente nunca llegaremos a matar a Dios en nuestro corazón.
Después de la visita de Moisés al Faraón, se recrudeció la opresión de los egipcios sobre el pueblo. «Entonces Moisés se volvió a Dios y dijo: “Señor, ¿por qué me has enviado? Pues desde que fui a Faraón para hablarle en tu nombre, está maltratando a este pueblo, y Tú no haces nada por librarle”» (Ex 5, 22-23).
En los momentos de aflicción ¿por qué no reclamarle a Dios como lo hacían los israelitas?:
¿Por qué te quedas lejos, Señor,
y te escondes en los momentos de angustia?
(Sal 9, 1).
Despiértate, ¿por qué duermes, Señor?
¡Levántate y ven a socorrernos!
¿Por qué escondes tu cara?
¿Olvidas nuestra opresión, nuestra miseria?
(Sal 44, 24-25).
Lamentación del pueblo en tiempo de hambre y de guerra
Mis ojos se deshacen en lágrimas,
día y noche no cesan:
por la terrible desgracia de la doncella de mi pueblo,
una herida de fuertes dolores.
Salgo al campo: muertos a espada;
entro en la ciudad: desfallecidos de hambre;
tanto el profeta como el sacerdote
vagan sin sentido por el país.
¿Por qué has rechazado del todo a Judá?
¿Tiene asco tu garganta de Sión?
¿Por qué nos has herido sin remedio?
Se espera la paz, y no hay bienestar,
al tiempo de la cura sucede la turbación.
Señor, reconocemos nuestra impiedad,
la culpa de nuestros padres,
porque pecamos contra ti.
No nos rechaces, por tu nombre,
no desprestigies tu trono glorioso;
recuerda y no rompas tu alianza con nosotros.
Jeremías 14, 17-21
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