4f

 

Homilía del Monseñor Héctor Rivera
Director Nacional del Apostolado de la Cruz en Puerto Rico
En ocasión a una Toma de Cruz a un grupo de hermanos y sacerdotes

Aportación de Iniabelle Santiago, de Puerto Rico

 

y
“Toda   comunidad  de fe  tiene  que presentar unos distintivos como frutos de esa fe - es importante - como ya nos decían las palabras de Santiago pues “una fe sin obras es una fe muerta”.   Nosotros dentro de nuestra realidad necesitamos expresar ese don de Dios a través del don de amor e indudablemente el maestro de todo eso fue Jesús, quien quiso unirse a nosotros, bajar a nosotros, para elevarnos a nosotros a la dignidad de “hijos de Dios”… El entonces realizó unos de los actos más grandes dentro de la historia humana:   haber asumido ese cuerpo en las entrañas de la virgen María … Hoy todos nosotros nos sentimos muy, diríamos, sobrecogidos, presentes, cuando vemos el pesebre también; pero detrás hay un misterio mucho más profundo, hay un Dios, “el Verbo”,  que se hace carne para que la carne sea también “Verbo de Dios”,  palabra de Dios … todos nosotros entonces movidos por esa realidad nos injertamosen esa obra de Dios … injertarse entonces indica que toda, diríamos, la sabia de Dios, toda la naturaleza de Dios, toda la realidad de Dios va en un cierto modo a fluir dentro de nosotros mismos en ese proceso ascendente, en esa transfiguración que Dios va a hacer de todos nosotros. La Gracia que Dios entonces nos pone no es una Gracia para nosotros mismos, es una Gracia en donde la vamos a compartir con tantos y tantos hermanos y hermanas nuestros, porque todo se va a realizar dentro de ese marco del plan eclesial y dentro de esa comunidad de fe, dentro de ese pueblo, que el mismo Dios llama “Su pueblo santo”.


Indudablemente esta noche es una de esas manifestaciones  de ese amor de Dios.   Imagínense ustedes en el momento que recibieron la cruz de la Obra-  estaban ahí, diríamos, dando un paso pero también haciendo caso a una llamada que Dios les hacia, una llamada a ser parte de El, a crecer en El, a ser a la altura de El - por lo tanto, es una transformación de todo nuestro ser en Cristo Jesús. Si antes anhelábamos ser “perfectos” o ser “santos” ese es entonces el paso que nosotros hemos dado y que vamos a dar esta noche para integrarnos más a la vida en Dios.  Es renacer; es mirar a este mundo con otros ojos; es amar a la humanidad con otros sentimientos y con el amor de Dios; es servir a todos aquellos que dentro de la realidad corporal nuestra necesitamos caminar juntos hacia la casa del Padre.   Jesús entonces va a hacer esa transformación en todos nosotros, en todo nuestro ser, y se da entonces aquellas palabras de San Pablo   “No vivo yo, es Cristo quien vive en mí.” 


Hermanos, la cruz de Cristo mirada desde afuera es una carga que no creo que nosotros podamos llevar, pero la cruz de Cristo al reverso, dentro de esa realidad en donde Cristo esta crucificado y nosotros con él, se hace sublimepor que tiene un significado todo nuestro ser y  toda nuestra vida, nuestras acciones y todo nuestro darnos.   Es entonces el realizar aquellas palabras de Pablo, el adelantar a lo que le falta a la pasión de Cristo.


     Lo que sí es que esa realidad y ese paso va a requerir, diríamos, de que todos y cada uno de nosotros miremos que de ahí en adelante, como   Maria, vamos a ser esclavos del Señor, pero una esclavitud en donde la libertad no se pierde, en donde se gana.  Es  una esclavitud en donde el ser uno está condicionado en ser de Dios y es ahí que el ir más allá de las condiciones humanas y las limitaciones de todo ese mundo es proyectar ya, desde ahora, a la eternidad de Dios.  Creo que se lo merecemos a nuestro Señor que nos ha llamado, que nos ha puesto en este mundo.  Creo que se lo debemos a la Iglesia, pueblo santo de Dios, que necesita que todos nosotros compartamos su santidad para que ella sea la Iglesia santa y sin arrugas, la Iglesia en donde llega a una perfección extraordinaria, y que San Juan en el Apocalipsis va a llamar los desposorios místicos: Cristo y su Iglesia, se funden en una sola realidad como decían las escrituras - somos una sola carne, un sólo corazón, un sólo sentimiento, un sólo amor.

Indudablemente eso va requerir la purificación de todo nuestro ser, pero vale la pena purificarnos, porque mientras mas demos ese paso mas nos acercaremos para darle un abrazo eterno y fuerte a ese Dios con nosotros. Vale la pena pasar por ese proceso de vida y de muerte y de resurrección para encontrarnos en una dimensión de hombres y mujeres nuevos.  Vale la pena que todos y cada uno de nosotros experimentemos esa profundidad en ese amor de Dios, ese quemarnos en las llamas de ese amor para poder transformarnos en otros corazones, en amadores en espíritu y en verdad.


Quizás sea una de mis angustias que llevo hace muchos años en mi corazón decirles que ese paso que nosotros damos y, que en lo poquito que nosotros podemos dar o lo poquito que nosotros somos dando ese paso, sean imitados y sean realizados por muchos hombres y mujeres en esta Isla nuestra.  Una de las cosas que siento es que Dios está llamando a nuestra iglesia puertorriqueña a uno de los grandes momentos de conversión y de celebración  sublime de esa fusión entre Dios y su pueblo.   Es el momento que El suscita a tantas y tantas experiencias divinas unidas a El, motivadas por El, queridas por El, para transformar esos hombres y esas mujeres  que una vez en el bautismo se sintieron comprometidas a marchar con Jesús mano a mano hasta la eternidad, pero que ahora las circunstancias actuales han traído entonces nuevos pensamientos, nuevas inquietudes, nuevas búsquedas humanas. Por eso necesitamos entonces apoyar esta Obra, y yo como Obispo,  tengo la satisfacción de apoyarla con todo mi ser para que la gracia de Dios se riegue como una fuente, como un río de agua viva a todos los hombres y mujeres de esta tierra. Es importante que creamos en ella porque ese  es el primer paso para que Jesús entonces nos ayude en este proyecto de Dios.  Muchas obras en esta isla nuestra fueron obras que vinieron de manos de Dios, pero que por cierto modo o por circunstancias nunca afloraron para ser obras salvíficas, y murieron al nacer. Que esta Obra, hermanos, ninguno de nosotros se preste a destruirla y a mermarla o de pasarla a un segundo plano. Que vean en nuestros ojos, en nuestros corazones, en nuestros sentimientos de que somos hijos de Dios, somos herederos de ese reino, por medio de la cruz misma de Cristo. Es necesario entonces que hoy salgamos de aquí con un compromiso, pero no un compromiso tenue o un compromiso artificial. Tiene que ser un compromiso de hombres y mujeres adultas de llevar ese reino esa transformación de Dios a través de esta Obra a todas las parroquias de la arquidiócesis y todas las diócesis de Puerto Rico.


     A los sacerdotes que somos mediadores, no solamente en el culto, sino en la dispensación de todo nuestro ser a Dios nuestro Señor, que nos pondremos ese aspecto: que al presidir esta asamblea encontremos pleno gozo en dar la presencia de nuestros Dios frente a esa cruz luminosa de Cristo llevando las tentaciones, las oraciones, haciendo presentes las lágrimas y las cruces de este pueblo. Que Jesús nos vea al frente todos ellos y mediadores de esta misma acción de Dios, que no temamos dar el paso. No entendemos nuestro ministerio, ni entendemos nuestras funciones pastorales sin haber entendido esa máxima de mediación.   Aquí tenemos una iglesia que a veces está como ovejas sin pastor, de parroquias que están también a la deriva. Cristo quiere inyectarnos ese amor, esa vitalidad de ese deseo de crucificarme con El, de ser los pastores que cuiden las ovejas de Cristo, mayor dedicación con mayor entrega.   Si entendemos la máxima de la Cruz, que es un morir constante en Cristo Jesús, para resucitar en El, y ser los perfectos pastores, con un corazón de Cristo, con un amor de Cristo, tendremos entonces una iglesia con hambre, una iglesia santa, una iglesia sin mancillas.   Que estas palabras sean entonces nuestra  “cruzada de amor”, para que todos nosotros antepongamos nuestras diferencias, antepongamos nuestras limitaciones y dejemos que sea Jesús el que reine, Jesús el que ame, Jesús el que transmita, Jesús el que obre, Jesús el que extienda las manos al necesitado. Sea entonces ese Dios con nosotros el que esté complacido por que su hijo ha sido obediente hasta la cruz aunque sea una muerte de cruz.  Amén. “