Peregrinación espiritual a la huerta de Jesús María
Si se me permite, voy a contar lo que yo he observado con ojos de peregrino en mis visitas al huerto de Jesús María. Es un servicio discreto para quienes tal vez no han venido aún a este centro de espiritualidad. Los invito ahora a realizar una peregrinación espiritual: “En el nombre de Cristo, caminemos en paz”.
Hoy se nos concede disfrutar del lugar bendecido por la gracia divina hecha a la venerable sierva de Dios Concepción Cabrera de Armida. Es una mañana soleada y llena de verdor, pues este año ha llovido bastante en la región . El huerto luce en todo su esplendor. Aquí venimos a orar y a meditar. Al entrar, abran bien los ojos, sobre todo los ojos de la fe, miren a diestra y siniestra, arriba y abajo, como para descubrir los encantos de la naturaleza, y sientan, aunque muy de lejos, lo que pudo haber experimentado Conchita en aquel agosto de 1889, en que tuvo la visita de Jesús, como ella lo narra en varias ocasiones. Ensanchemos nuestro espíritu porque aquí se respira a Dios que ha venido para quedarse perpetuamente. La naturaleza nos ofrece muchos elementos dignos de ser tenidos en cuenta.
Las primeras sorpresas muy gratas
Vamos a ingresar por una puerta estrecha a un recinto muy especial, único en este inmenso “Valle de san Francisco”, pues está dotado de múltiples virtualidades… ya se oyen los cánticos de las aves canoras: calandrias y cenzontles, gorriones y urracas; hasta las cigarras cantan armónicamente en el conjunto y no desentonan en esta magnífica sinfonía uno que otro pájaro carpintero picoteando en la altura de un tronco antiguo. Adentro, escucharemos los gemidos de las cándidas palomitas de Conchita que tanto la conmovían para hacer actos de amor a Dios.
Nos estamos internando en un jardín tupido de plantas. Después de rodear la fuente añosa de la entrada, leemos en un letrero el texto de Conchita que nos ilustra acerca de lo que recibió en este ámbito. El mensaje nos dispone para llegar con espíritu de oración, al modo como se paseaba Conchita: sabiéndose uno acompañado por la presencia de Jesús y dialogando confiadamente con Él. Todo esto, por supuesto, vivido desde la fe y evitando falsas ilusiones.
Para no romper la armonía, existe la advertencia escrita al ingreso de manera que los visitantes eviten todo aquello que desdiga del ambiente de silencio y recogimiento que se ha de guardar en el interior.
Pasamos por otra puerta interior… De pronto aparece ante la vista el conjunto grandioso en que predomina el reino vegetal: una variedad sorprendente de árboles, arbustos, plantas y flores. Pasando el puentecillo de piedra, lo primero que observamos es un camino largo, formado sobre todo de eucaliptos a sus lados. Por ahí se transita todo el parque si se quiere.
“Así haz tu oración”
Hemos recorrido apenas unos cuantos pasos… ya estamos bajo las ramas múltiples de “el árbol de Conchita” –como dicen las gentes–; es un ombú , más hermoso en los días de floración –el cual llama la atención en estas latitudes, pues se sabe que procede del hemisferio sur–, donde cuenta la tradición que a Conchita le gustaba orar, bajo su fronda, sentada sobre las gruesas raíces que emergen notablemente del suelo . Por precaución y para su cuidado, se ha cercado el recinto con una verja de hierro. De otra manera, los fieles piadosos y amantes de conservar reliquias, ya hubieran acabado con las ramas bajas.
En sus inmediaciones, otro rótulo nos ilustra: “Así haz tu oración”, es el consejo que Jesús daba a su sierva en otra circunstancia en que sintió muy viva la presencia de la humanidad de Jesús junto de sí:
“Mira: así haz tu oración, con esta certeza de mi presencia real, que mucho te servirá”.
“Debes escucharme, estando siempre dispuesta con la limpieza de corazón, y la soledad del alma, a entender lo que te digo”.
“Debes inclinar la cabeza humillándote, anonadándote hasta lo infinito, al ir a orar. Debes recargar tu cabeza en Mí, que soy la fortaleza de tu debilidad, además confiando. (…) Debes estar vacía para llenarte, y en soledad interior para que percibas la más tenue modulación de mi voz. Debes estar recogida y pura ante mi presencia soberana, al fuego de mi Santo Espíritu” .
Dejado este sitio, después de unos momentos de reflexión, algunas personas inician el rezo del vía crucis, siguiendo las catorce estaciones señaladas en los árboles pasando cerca de la palapa .
También se puede uno trasladar por un constado de la barda para subir al montículo que simbólicamente reproduce al cerro del Tepeyac; es la oportunidad para invocar a nuestra madre la Sma. Virgen de Guadalupe y a su humilde embajador san Juan Diego –de hinojos a sus pies–, cuyas estatuas de cantera están allí enclavadas. En el jardín que rodea estas imágenes, hay nopales, magueyes, órganos, garambullos, plantas de sábila y otras que brotan en esta tierra semidesértica, para favorecer la composición del lugar guadalupano.
Si bajamos el cerrito, un atajo que parte del ombú en diagonal, permite internarnos al centro de la huerta; en el trayecto, encontramos algunas imágenes enmarcadas en las raíces de un tronco grueso caído. Son elementos que de alguna manera favorecen la devoción de los fieles. Siguiendo más adelante, veremos que al fondo se yergue una palmera alta en donde se desvanece el camino. Nos trasladamos hasta allá.
La cruz: árbol de la vida, fuente de inspiración
El entorno es bello a la vista, y la calma es envidiable para quienes escapan del bullicio y de una actividad estresante. Disfrutemos de la quietud llena de Dios, armonizada con los cantos de los pájaros y el perfume de las flores y la hermosura silvestre. Allí nos aguarda la Cruz del Apostolado, con los brazos abiertos, en la quinceava estación del vía crucis. Curiosamente el emblema sustituye a un árbol muy grande ahí plantado que los lugareños recuerdan aún. La cruz es como de seis o siete metros de alto –calculo yo– y esconde unas astillas de madera de la primera cruz de Jesús María. Podemos sentarnos en alguno de los austeros asientos de madera sin labrar, aprovechando los troncos de árbol tirados y esparcidos por todos lados.
Es éste el ámbito ideal para meditar las verdades trascendentes del evangelio, inspiradas por la cruz, pues ella resume magníficamente todo el itinerario de la vida espiritual hasta la consumación en la unidad de la Trinidad. Junto a la cruz de Jesús podemos tomar tal vez decisiones importantes en nuestra vida. Aquí se fortalecen saludablemente el cuerpo y el alma de quien ora con recogimiento.
Los paseos del paraíso
Desde este punto, podemos pasear a la redonda, a través de amplísimos espacios, sobre el césped, y entre plantas y flores, buscando la frescura de los fresnos y los pinos, los cedros y los olivos, los nogales y los mezquites. Nos encontramos en un alegre bosquecillo, peinado por las ondas del viento que susurra mientras se cuela por las tupidas ramas; ahí juegan graciosas las ardillas, y se escuchan –muchos días del año– los cantos melodiosos de las aves tan variadas, que llenan de gozo el corazón y armonizan con nuestras alabanzas al Creador. A quienes venimos a orar con fe, tenemos quizá la experiencia de andar en la presencia de Dios como si nos paseáramos con Él en el paraíso, a la hora de la brisa (cf. Gn 3, 8). Igualmente podemos actualizar de manera profunda, la presencia de Jesús con los discípulos que caminaban a Emaús, enseñándoles lo que se refería a Él en todas las Escrituras. Esté ardiendo de igual manera nuestro corazón dentro de nosotros, cuando nos habla íntimamente en el camino y nos explica las Escrituras (cf. Lc 24, 32). Pero esto no puede darse por nosotros mismos; es una gracia del Espíritu Santo que nos inspira las palabras de Jesús con su leve soplo, dejándonos guiar al mismo tiempo por la enseñanza de la santa madre Iglesia.
Es entonces, quizá, cuando sentimos la impresión de estar reproduciendo místicamente por la fe, aquella escena inolvidable de Jesús y Conchita, como si camináramos juntos, en un íntimo coloquio de amor, y de consecuencias perdurables para la vida espiritual en todo su desarrollo.
A propósito, se ha dicho que en este ámbito de luces y sonidos, de suaves aromas y frescor de la naturaleza, el espíritu de Conchita flotaría siempre, “como esas sombras benéficas y protectoras que impulsan al bien, a la virtud y al amor de Dios” .
También su último director espiritual, al venir a la cuna de las Obras de la Cruz, aspiró aún “el perfume inmortal –le dice él– que en esos lugares ha quedado de las visitas de Dios al alma de usted” .
Conviene hacer la prueba viniendo hasta aquí, un día quizá no lejano.
La fracción del pan en la palapa
Ahora nos aproximamos a la palapa; en su resguardo hay un altar, un crucifijo y todo lo necesario para celebrar la Eucaristía. Vivir este sacramento es para nosotros la prolongación más real del encuentro con el misterioso forastero de la calzada de Emaús, invitado a quedarse con nosotros para compartir el pan, pues ya se hace tarde. En la “fracción del pan” Él nos proporciona el alimento espiritual, indispensable durante nuestra peregrinación por el mundo. Son momentos en que el corazón parecería estallar de amor… quisiéramos permanecer allí en profunda contemplación con quien sabemos que ha resucitado y vive siempre cercano a nosotros porque nos ama mucho .
Nostalgia y presencia
Aunque todo nuestro ser –espíritu, alma y cuerpo– exclame como san Pedro: “Maestro, bueno es estarnos aquí” (Lc 9, 33), es preciso salir de este huerto pleno de encantos de la naturaleza y de efectos sobrenaturales, que evocan escenas similares a las del evangelio. Imitemos a María, la Virgen Madre, en su soledad: Ella conservaba cuidadosamente todas estas cosas y las meditaba en su corazón (cf. Lc 2, 19. 51). Así la nostalgia que provoca este recinto, al retirarnos a tierras lejanas, se convertirá, por efecto de la gracia, en gozosa presencia de Jesús, que no deja de mirarnos amorosamente a cada instante y dondequiera que estemos.
Rafael Ledesma Barajas, M.Sp.S.
Jesús María, S.L.P., 15 de junio de 2007
Solemnidad del Sgdo. Corazón de Jesús.
La visita al huerto la realicé el 24 de julio de 2006.
El ombú proviene de la América Meridional, pertenece a la familia de las fitolacáceas, su copa es muy densa, y sus hojas son alternas y elípticas; flores dioicas en racimos más largos que las hojas (Dicc. de la Lengua Española, palabra ombú).
Algunos creen que aquí fue donde Conchita sintió la presencia viva de Jesús, pues ella dice: “Hice mi oración por la mañana en la huerta (…) Le hice un campito junto a mí a Jesús, y lo llamé que viniera pues en ese mismo sitio me dijo Él que lo llamara, y que todos los días lo convidara, y me enseñaría a estar siempre en su Presencia” (CC 6, 43-44: 15 mayo 1895); sin embargo, no precisa el lugar exacto donde tal hecho sucedió.
CC 26, 165. 183-184. 204-205: 17 a 20 marzo 1907.
Palapa: es el nombre de una palmera o palma de coquitos, cuyas hojas sirven para hacer techos rústicos. Por extensión, se acostumbra llamar así a toda la estructura resultante, cubierta con dichas palmas. La palapa de Jesús María es de forma rectangular, con techo de cuatro aguas, cubierto de hojas de palma y sostenido por troncos.
Mons. Luis Cabrera Cruz, Obispo de San Luis Potosí, (22 de agosto de 1965). Cf. Rev. Pentecostés 264 [1 septiembre 1966] 248).
Carta L. Ma. Martínez a Concepción Cabrera de Armida, 12 mayo 1932, en CC 59, 68: 31 mayo 1932.
Podemos saborear los sentimientos de Conchita respecto a Jesús en la Eucaristía, en los opúsculos Ante el Altar, Horas santas, Chispitas de amor y otros más.