5. Mons. Ramón Ibarra y González
Director espiritual de Concepción Cabrera de Armida

P. Rafael Ledesma. M.Sp.S.
(Nota ilustrativa en la Cuenta de conciencia, tomo 37, p. 129)
1. Datos generales: Nació el 22 de oct. de 1853, en Olinalá, Gro.
Se formó en el Seminario Conciliar Palafoxiano; luego se trasladó al Pío Latinoamericano de Roma; en la Universidad Gregoriana obtuvo los doctorados de filosofía, teología, derecho civil romano y derecho canónico. León XIII le otorgó una medalla de oro por el brillante examen que sostuvo en la Academia Filosófica de Santo Tomás de Aquino, y del cual fue testigo el Cardenal Pecci, hermano del Pontífice.
Fue ordenado sacerdote el 21 de febrero de 1880, en la Basílica de san Juan de Letrán. Fue catedrático y prefecto de estudios del Seminario Palafoxiano, prebendado y canónigo promotor fiscal y vicario capitular de Puebla. Consagrado Obispo de Chilapa, el 5 de enero de 1890, en la Basílica de san Juan de Letrán. En Chilapa permaneció durante 12 años. Luego fue trasladado de Chilapa, como Obispo de Puebla, el 19 de abril de 1902. Fue preconizado primer Arzobispo de Puebla, el 9 de noviembre de 1903, pues la Diócesis fue elevada a Arquidiócesis por Pío X, el 9 de agosto de 1903, y se erigió el 8 de febrero de 1904.
Hizo votos religiosos en privado el 15 de agosto de 1909. El Papa Pío X, por indulto especial, le aprobó más tarde sus votos y esa profesión de Religioso de la Cruz, pero sin dejar el Arzobispado. Es, por lo mismo, “el primer Misionero del Espíritu Santo”.
Viajó en Peregrinación a Tierra Santa y a Roma (27 agosto 1913 a 13 marzo 1914). Consiguió entonces el permiso de fundación de los Misioneros del Espíritu Santo, realizada el 25 de diciembre de 1914.
Escondido en la Cd. de México por la persecución carrancista, se refugió, a mediados de 1914, con las religiosas de la Cruz, luego en el Convento de la Visitación y, por fin, en casa de CCA (= Concepción Cabrera de Armida), desde el 13 de noviembre de 1916. Allí murió santamente, el 1 de febrero de 1917.
Sus restos fueron depositados en el Tepeyac, y trasladados en 1931, a la Catedral de Puebla.
Fue declarado Venerable Siervo de Dios por el Papa Juan Pablo II, el 9 de abril de 1990.
2. Director espiritual de CCA: Ya desde tiempo antes de ser Director espiritual de CCA, había habido una buena relación entre ellos, y lo había aceptado como hijo espiritual, como se dirá en seguida.
Mons. Ibarra sustituyó al P. Maximino Ruiz, cuando ella creyó entender que era la voluntad de Dios y después de haber pedido consejo. Cuando inició este acompañamiento, Mons. Ibarra era Arzobispo de Puebla.
Esta dirección espiritual duró cuatro años y cuatro meses: Inició el 2 de oct. de 1912 (cf. CC 37, 112). Terminó el 1 de febrero de 1917, con la muerte de Monseñor (cf. CC 41, 46).
El comienzo de esta dirección espiritual (2 octubre 1912) coincide con el día en que CCA hizo los votos de religiosa de la Cruz, válidos a la hora de su muerte, permiso que le consiguió el mismo Mons. Ibarra del Papa Pío X (CC cf. 37, 111-112; 45, 397)
Él era de carácter muy sensible. Se lastimaba por cosas insignificantes (cf. CC 27, 351-352; 39, 260, nota corresp.; 40, 361-362; 44, 158B).
3. Características de esta dirección espiritual: Por voluntad de Jesús, CCA lo tomó como hijo, antes de que fuera oficialmente su Director, y le dio el título inspirado de “el hijo del consuelo” (CC 33, 54-55: 1 julio 1909): “que sea tu consuelo en las Obras de la Cruz, trabajando y llevando a cabo mi voluntad, y santificándose a sí y a otros” (CC 35, 336. 370-371; cf. 40, 362; 41,16-17).
“Después de un martirio de siete años de soledad [siendo su Director el P. Maximino Ruiz], él [Mons. Ibarra] vino enviado por Dios a darme la mano, a impulsar las Obras de la Cruz y a alcanzarles gracias” (CC 40, 362). “Que aquella alma vaya examinando tu espíritu, que apoye sus tesis en la solidez de mi doctrina para lo que se ofrezca y Yo a bien tenga. Quiero que te orille a la práctica heroica de las virtudes; quiero que se penetre de mis planes en ti, y te dé la mano y te sostenga, y sea para ti un guía que te estreche” (CC 37, 77-78).
Es propio de este acompañamiento, no sólo los diálogos de dirección espiritual y la correspondencia epistolar, entre Director y dirigida, sino el hecho de que él representó visiblemente a Jesús, según la dinámica de la encarnación mística, recorriendo los pasos y las etapas de su vida, “desde la Encarnación hasta el calvario” , imitando CCA de esa manera la ejemplaridad de María respecto de Jesús (CC 41, 39-40; cf. 41, 198-202; 45, 400).
La relación madre-hijo en el orden de la gracia, lo vive CCA según el paradigma de María, madre de Cristo Sacerdote y Víctima (cf. CC 41, 21-22), participando en el misterio pascual: “Y después de mucho sufrir de seis años de dolor sin apoyo, a poco de la encarnación mística, te dio mi conmovido corazón (...) al hijo del consuelo (Monseñor Ibarra) para que al vivo me representara cerca de ti llevando a cabo las Obras de la Cruz poniéndolas en el seno de mi Iglesia” (CC 41, 198-199).
En esta dirección espiritual, los acontecimientos de gracia de Mons. Ibarra se entrelazan con el plan que Dios está realizando en CCA: “Formas con esa alma una alma, y mientras más crezca la fusión, más crecerán también las cruces de él en ti, participando tú de sus amarguras, y él de las tuyas, digo, su alma” CC 35, 30). “Me dijo Nuestro Señor (...) que lo representara a Él en la encarnación mística, hasta su muerte de víctima, ya en pasando la niñez y juventud, sólo en el Calvario” (CC 45, 397-398). Él es el hijo privilegiado que hizo las veces de Jesús en vida de CCA, participando en la cruz pascual.
Así sucedió realmente, y llama mucho la atención la serie de detalles en torno a ambas vidas y su coincidencia querida por Dios con los pasajes del Evangelio donde se trata de la asociación de vidas entre María y su hijo Jesús: la peregrinación a Egipto, Jerusalén, Belén, Nazaret, siguiendo las huellas del Maestro. La experiencia de la presencia y fecundidad de Dios en la Catedral de Puebla –sede arzobispal de Mons. Ibarra–, como símbolo material de la trascendencia de la misión en la Iglesia Universal (cf. CC 35, 27. 33-34. 414. 425-426. 430). El discurso de despedida de sus sacerdotes, semejante al sermón de la última cena. La llaga en el pie de Monseñor y su similitud con Cristo crucificado. Después de muchos sufrimientos morales y físicos: “humillado, calumniado, perseguido, despojado y llagado, viviendo de caridad”, “chorreando sangre”, murió como un mártir, ofreciéndose como víctima en unión con Jesús (CC 45, 398; cf. 41, 16-17. 39-40. 200-201).
La muerte del Arzobispo, el 1 de febrero, a las 7:50 p.m., lo vivió CCA como la ofrenda de la víctima en unión con María, por ser las vísperas de la fiesta de la Presentación del Señor en el Templo. Desde 1907, el día dos de febrero de cada año, fue especialmente significativo para CCA, vinculándolo con el ofrecimiento de Jesús como víctima (cf. CC 25, 124-126; 41, 21. 201; 45, 451). La sepultura del cadáver de Mons. Ibarra en el cerro del Tepeyac y la cruz aparecida en el cielo, vista por los circunstantes, tuvo alguna semejanza con la muerte en cruz y sepultura de Jesús en el monte Calvario. El regreso del sepelio, caída ya la tarde, le recordaba a la Virgen dolorosa descendiendo del Gólgota a la misma hora, después de la sepultura de Jesús. La unión espiritual llevada más allá de la muerte, sintiendo la presencia del hijo del consuelo, escuchando su voz repetidas veces y viéndolo glorificado en sueños, le hacía vivir la resurrección de Jesús. Todo eso y más se lee en los tomos 37 a 41 (1912 a 1917) de las Cuentas de conciencia.
CCA resume quién fue Mons. Ibarra para ella, dándole estos títulos: “¿Se llevará Nuestro Señor al hijo del Consuelo, al compañero y Padre de mi alma, al Protector de las Obras, a mi amado Director?” (CC 40, 362: 30 dic. 1916).
Faltando visiblemente Monseñor Ibarra, CCA entró en la última etapa de su vida, es decir, la experiencia de la soledad, reflejo de la que vivió María después de la Ascensión de su Hijo: “A ti te queda por recorrer la última etapa de tu vida, imitando a mi Madre y alcanzando las gracias para las Obras (...); imita las virtudes de María en su soledad, que aumentó su unión Conmigo, su adhesión a mi voluntad, y sus ansias por el cielo” (CC 41, 40-41: 5 febr. 1917). “ Estás sola; pero con los dolores de la soledad como María a su imitación, engendrarás en tu alma hijos innumerables...” (CC 41, 202: 10 junio 1917; cf. 41, 106-108; 45, 402-403).
Hasta después de la muerte de Monseñor, CCA comprende en totalidad el especial afecto que le tenía: –"Señor, si yo me hubiera actuado en que mi Padre te representaba, como tantas veces me lo decías, cómo lo hubiera querido, sin trabas, con todo mi alma sin jamás hacerlo sufrir". — "Mira, hija, como lo humano es humano, velé ante tus ojos este misterio, por los abusos del corazón de tierra. En el cielo, en Dios hay la plena libertad del amor" (CC 41, 205-206). Ella tuvo especiales nuestras de aprecio a su Director, tanto en vida como ya difunto (cf. CC 37, 75; 41, 380; 42, 3-7; 43, 123B).
4. Algunos hechos que destacan en este periodo: “El Ilmo. Sr. Ibarra fue y es el instrumento escogido por Dios desde un principio, para amparar, defender y extender las Obras de la Cruz” (Lo que deben las Obras..., p. 1; cf. 3-4). Se distinguen tres etapas respecto de su actitud ante las Obras de la Cruz : 1º. Las apoya con entusiasmo (Apostolado de la Cruz y religiosas de la Cruz): 1894-1902. 2º. Se retira de ellas con prudente reserva: 1903-1907. 3º. Les da su completo apoyo: 1908-1917 (cf. O. Márquez, Mons. Ibarra, p. 230; CC 20, 241: 29 abril 1904; 27, 351-352: 18 agosto 1907; 27, 425: 15 sept. 1907; 32, 99: 14 febr. 1909).
Mons. Ibarra se había retirado un tiempo de las Obras, hasta el 6 de junio de 1909, día en que regresó definitivamente (cf. CC 35, 432-433: 6 junio 1911; 41, 395). Éste fue el motivo de haberse retirado: "Las Obras son de Dios –decía Mons. Ibarra–, pero el modo de llevarlas no es" (CC 27, 322; 45, 394). Por lo tanto, fue coherente consigo mismo, al replegarse un tanto de ellas temporalmente, hasta asegurarse del buen manejo de las mismas. Por eso, a él se debe principalmente, que varias veces hayan sido examinados cuidadosamente los escritos y el espíritu de la Sra. Armida en México, en Puebla y en Roma, por destacados teólogos y maestros de vida espiritual (O. Márquez, Mons. Ibarra, pp. 222-223).
“Es el Padre de las Obras (de la Cruz)” y “como apóstol de ellas”, él es “el Campeón de las Obras de la Cruz” (Lo que deben las Obras de la Cruz... p. 30; CC 41, 21. 200; 65, 63). Desde que conoció dichas Obras, y más, siendo Director de CCA, protegió y atendió con exquisita caridad y entrega a cada una de ellas; impuso el hábito a las primeras religiosas de la Cruz, y apoyó notablemente la fundación de los Misioneros del Espíritu Santo hasta su muerte: “¡Dios me lo dio... y en sus manos nació la Alianza, la Liga, la Comunión Dominical, los Misioneros del Espíritu Santo!” (CC 40, 362-363). “Él inauguró el Apostolado de la Cruz en Chilapa” [3 mayo 1895].“Fue Monseñor a Roma y trajo la aprobación de la Alianza y el Decretum Laudis para el Oasis”, “y todo lo que deben a la Iglesia las Obras, fue conseguido por él” (CC 45, 394-395; cf. O. Márquez, Mons. Ibarra, pp. 84. 234-244; Id., Obras pastorales de Monseñor Ibarra, II, pp. 60. 64).
“Ahí en el Calvario, en el sitio donde expiré y estando cerca el «hijo del consuelo», te dije su misión en Roma y cómo vieras con él al Papa de mi parte, pidiendo ambos la fundación de los hombres y que sería propicio, como fue” (CC 41, 199).“En Roma, le revelé el título que debían llevar los religiosos, el mismo que a ti te había indicado. Él consiguió a mi nombre, al P. Félix del Papa y de su P. General” (CC 41, 200). Por eso los Misioneros del Espíritu Santo, como quinta y última Obra de la Cruz, le estarán eternamente agradecidos, pues a él deben principalmente el haber sido fundados. Antes de morir, recomendó las Obras de la Cruz a sus sacerdotes de Puebla (cf. CC 41, 26-27).
5. Término de esta dirección espiritual: Después de asistirlo en su última enfermedad como una madre (cf. CC 41, 37), durante dos meses y medio, y de recibir sus últimos consejos, con la muerte de Mons. Ibarra concluyó esta dirección espiritual. Estamos, sin embargo, ante un caso insólito: todavía después de su muerte, el Director, habiéndole prometido que la seguiría dirigiendo desde el cielo, se le comunicó interiormente – dándole avisos que ella sujetó a su nuevo Director–, lo cual le causó alegría y deseos de corresponder a la gracia, como ella misma lo asegura (cf. CC 41, 28. 46-50: 4 y 15 febr. 1917). Incluso la visitó y lo vio en sueños, dejándole “ansias de ser buena y fidelísima a la gracia, para irme al cielo”, como ella dice (cf. CC 41, 205. 389: 21 sept. 1917). Hay alusión a un caso semejante de comunicación sobrenatural entre san Francisco de Sales y santa Juana de Chantal (cf. CC 41, 123-124: 2 marzo 1917).
6. Conclusión: Mons. Ramón Ibarra fue un Director eficaz, sabio y santo, que no sólo ayudó a CCA a caminar por los caminos del Espíritu, sino que también se dejó hacer y santificar por el paso de la gracia divina en ella.
Se deja ver en toda su vida cómo sus amores fueron: “Jesucristo en su Corazón y su Cruz. La Virgen Santísima de Guadalupe y el Romano Pontífice” (O. Márquez, Mons. Ibarra, p. 211), amores que se vieron incrementadas obviamente también en su dirigida.
Su fama de santidad era ya notoria en su vida, como se lo había pedido el Señor: “Quiero que tu Director sea santo” (CC 39, 186; cf. 5, 52; 6, 23). Lo demostró de manera admirable por su paciencia heroica, tanto en la persecución (cf. CC 39, 186), como durante su última enfermedad, dispuesto a beber su cáliz de amargura hasta las heces (cf. CC 39, 186; 40, 360-361; 41, 2-3).
También existen testimonios después de su muerte, cuando CCA intuyó por especial asistencia del Señor, que su Padre ya estaba glorificado en el cielo (CC 41, 61. 108). A esto, se suma la anécdota de un sueño que se contaba entre las monjas de la Visitación, donde el Sr. Ibarra había estado escondido: “es un gran santo, y está glorificado” (CC 42, 242-243). Entonces recibe ella luces sobre la “comunión de los santos” en las tres dimensiones de la Iglesia: “militante”, “purgante” y “triunfante” (cf. CC 41, 65-70).
Mons. Ramón Ibarra, será considerado siempre como el “Padre de las Obras de la Cruz” –por ser quien las estableció canónicamente en la Iglesia–, y como un modelo de pastores fieles a Jesucristo que saben dar la vida por sus ovejas.
Y, según el testimonio del benemérito P. Vicente Sedeño, Prepósito de los Filipenses en Puebla (cf. CC 42, 12: 14 enero 1918): “El nombre del Ilustrísimo Señor Ibarra debe ir grabado con letras de oro en vuestra historia...”
(DirIbarraRamón-CCA.wpd) {CP-FV/ Armida/ Directores} [A-55/02]