Todos hemos experimentado en alguna (s) etapa (s) de nuestra vida, el descuido y muchas veces el olvido de nuestro propio corazón y, como consecuencia de ello, las consecuencias tan desastrosas que conlleva, como es el hecho de que nos transforme en hombres de hojalata que sólo trabajan y no aman; pero algo más triste y trascendente aún, es lo que esto está ocasionando: el olvido y la pérdida del instinto y amor materno y paterno, amor que hace que una mujer ó un hombre sean capaces de todo, hasta de actos heroicos, con tal de dar vida y defender a su(s) hijo(s) de todo peligro y asechanza que atente contra su integridad y su vida. Hoy somos testigos de cada vez mas abortos, abandonos de recién nacidos, maltratos a bebés que algunas veces acaba en asesinatos, secuestro, venta y tráfico de bebés y de órganos, explotación y prostitución de niños, y mil cosas más que nos hablan de esa insensibilidad y desaparición del instinto materno y paterno con todas sus graves consecuencias para la sociedad y la humanidad. Se habla mucho de que los niños sufren de déficit de atención que hace que no se concentren en sus estudios escolares, y esto no es mas que una herencia del gran déficit de atención que reciben de sus padres.
Pero también es cierto que todavía vemos madres y padres llenos de amor y preocupación por sus hijos, madres que oran y se sacrifican por ellos, y que no sólo se preocupan por su bien material sino también espiritual. Madres y padres que están atentos a todo el bombardeo de los medios de comunicación y que hacen malabares con tal de ser un filtro para sus hijos de toda esta cultura globalizada a la que tienen acceso hasta los hijos más pequeños.
Cierta vez preguntaron a una madre cuál era su hijo preferido, aquel que ella mas amaba. Ella, dejando entrever una sonrisa, respondió: "Nada es más voluble que un corazón de madre, y, como madre, le respondo: el hijo preferido... aquel a quien me dedico en cuerpo y alma: Es mi hijo enfermo, hasta que sane.
- El que partió, hasta que vuelva
- El que está cansado, hasta que descanse
- El que está con hambre, hasta que se alimente
- El que está con sed, hasta que beba.
- El que está estudiando, hasta que aprenda.
- El que está desnudo, hasta que se vista.
- El que no trabaja, hasta que se empleé.
- El que se enamora, hasta que se case.
- El que se casa, hasta que conviva.
- El que es padre, hasta que los críe
- El que prometió, hasta que cumpla.
- El que debe, hasta que pague.
- El que llora, hasta que calle.

- Y ya con el semblante bien distante de aquella sonrisa, completó: El que ya me dejó... hasta que lo reencuentre... Una madre siempre ve en su hijo la esperanza dormida que un día despertará. Su fe siemprela sostiene. Esta clase de maternidad es la Jesús suscita en Conchita a través de la Encarnación Mística.
Primero la va a hacer conciente de esa maternidad: “Y lo de descubrirte aquel secreto que tú ni te hubieras atrevido sólo a pensarlo, que soy en cierto sentido como hijo de tu corazón , como si tu corazón, hija, fuera mi madre... y quiero que sea pero como fue el de María con sus mismas virtudes y cualidades” CC 25,124-129, 2 Feb.1907
Se ve claro cómo Jesús, al encarnarse místicamente en ella, quiere que Conchita viva desde el corazón, y desde un corazón de madre, lleno de Su presencia, en plena comunión con Él: “¿Pero, mi Jesús, no me dijiste que yo no te daba la vida a Ti, sino Tú a mi? –Sí te dije esto, pero también te dije que en cierto sentido sí, por la mutua correspondencia entre las dos partes, por la mutua comunicación de vidas” CC 25,132.
Cuando mejor podemos ver y apreciar la realidad, y comprenderla tal como es, es cuando vivimos con los anteojos del amor y amor de madre.
No has visto la página de Internet, por YOU TUBE, el video titulado Leopard & Baby Monkey? Un leopardo hembra caza un mono babuino, este resulta ser hembra y lleva su cría. El leopardo mata el babuino y lo sube a un árbol, ahí se da cuenta que trae una cría y deja su presa intacta y desde ese momento sólo se preocupa por cuidar y proteger al pequeño babuino, como si fuera su verdadera madre, ¡le salió instantáneamente el instinto materno!
¿Quién le enseñó esa conducta que no había manifestado? Es el instinto materno, que se ve claramente en las hembras cuando amamantan a sus crías y no dejan que nadie se les acerque, porque el afecto les hace feroces cuando alguien quiere perturbar sus cuidados. Esto se ve normal y no nos sorprende cuando nos platican de la leona que se arroja al mar para perseguir el barco que lleva a sus leoncillos y no le detiene si en el intento muere ahogada. Se ve en las aves que aun no han construido nidos para sus pichones, y cuando están a punto de desovar, la sensibilidad y el afecto les aviva el instinto en tal forma, que se conducen de maneras nunca antes vividas: amontonan lodo, ramas secas y adoptan actitudes francamente maternales con sus crías, las cuales les duran hasta que sus hijuelos aprenden a valerse por sí mismos.
Es cierto, el afecto aumenta la energía del instinto. Y algo parecido ocurre en el mundo de los humanos. Este tipo de afecto, de instinto maternal, es el que Jesús suscita en Conchita a través de la gracia de la Encarnación Mística. Jesús la invita a vivir en la unión estrechísima que existe entre una madre y un hijo.
Conchita sabe bien lo que es y lo que implica ser madre.
Su experiencia humana materna es soporte para su experiencia espiritual. Hablarle de «encarnación, de ser madre, de dar vida» es lenguaje conocido para ella. Por eso Jesús mismo le dice: - "Mira, hija, Yo estoy tan celoso de tu corazón que quisiera que fueran para Mí todas las clases de sus afectos; no te avergüences: quiero esos afectos, y me gozo en ponerlos en tu alma. Quería, el afecto de hijo: es tan grande este afecto en una madre, que, repito, mi Corazón sediento de amor, estaba celoso de él. Fundé en Mí, todos tus amores maternales, los de todos tus hijos, aun espirituales. El amor de hija, el amor de esposa es grande, muy grande, pero el amor de madre, lo es más, sin comparación...
Ése fue mi fin, Concha, al decirte lo que te dije que era como hijo de tu corazón: ¿no ves que ese amor vengo persiguiendo? Ése es el punto culminante de las rarísimas encarnaciones místicas, absorber todos los amores en un amor... en el amor con que mi Padre me amó, amor perfectísimo, que absorbe a todos los amores...
CC 25,134; 3 Feb.1907.
Y al día siguiente le hará ver el “secreto” de ese amor maternal, que será el que descubra que ese amor e instinto maternal es derivación del amor del Padre Celestial: "Mira: el paso para llegar a esta generosidad, y a la perfección del sacrificio, es precisamente aquello que te dije: Para esto, se necesita sentir por Mí no tan sólo el amor como el amor de hija, el amor de esposa, sino, el amor de paternidad, derivado del amor del Padre... ¿No ves ahora, que sólo para alcanzar un fin he puesto ese medio, y que aun la encarnación mística, a pesar de ser tan grande y elevada, ha sido sólo el medio indispensable, para llegar a esta perfección sublime del amor, que vengo persiguiendo?" CC 25,141-142
Por eso , 5 años después, una vez que experimenta que encarna, nace y crece en su corazón comentará: “Siento que Él mismo me acerca en esa intimidad sin nombre, y me encuentro diciéndole como Él quiere, sintiendo ¡Dios mío! el cariño infinito, diré, de madre, con aquel color con que solo se quiere y se habla a los hijos. Siento claro que así quiere Él que lo quiera, y me incita y como que se pone en mis brazos y sin empacho le beso su cabeza, sus ojos, sus labios, su frente, su corazón, todo su cuerpo, como cosa que me pertenece, y lo tomo como precio o moneda de mi rescate con que se compra el cielo, y no sé cómo, entablo coloquio con el Eterno Padre, pagando con Él, con Jesús, todas mis deudas, y lo ofrezco por la Iglesia, por las personas” CC 36, 149-151, 21 Mayo 1912.
Todos estos años, hasta 1925, Jesús la va envolviendo, enamorando y afianzando en ese tipo de amor maternal porque la estará preparando para ser madre de todos los sacerdotes, y le va a pedir que los ame con ese amor maternal, un amor que también logrará que se desviva por ellos, sacrificándose: “Me siento poderosa con el Verbo y vacía con mi nada. Lo quiero con amor de madre, puro, generoso, sin egoísmo, sacrificado, inmenso –porque no puedo decir infinito-, tierno, santo, hondo, profundo, desinteresado. En ratos, sufro porque Él, mi Él, no se acerque a lo manchado...Otras veces me olvido de lo que soy y me pierdo en su Divinidad. Otras, me atrae Él como el imán al acero”
CC 46,64-66, 7 Oct.1925.
¿Quién vive hoy con la plena conciencia de que lleva a Cristo en el corazón y que vive ahí? ¿Quién valora la habitación de Cristo en su corazón, Ef.3.17? ¿Quién vive hoy cuidando y alimentando a Jesús que vive en el corazón? ¿Quién vive hoy con la conciencia de que Jesús, por vivir en el corazón, requiere de atenciones y cuidados como los requiere un bebé?
Jesús lleva a Conchita con la experiencia humana y espiritual de ser madre, a una plenitud como mujer. Su experiencia humana, su ser femenino de ser madre, es purificado, enriquecido y plenificado por la experiencia de la maternidad espiritual.
Esto es lo que Jesús busca hoy al regalar a la Iglesia la Espiritualidad de la Cruz: por medio de la doctrina de la Encarnación Mística nos invita a rescatar e impulsar el instinto materno y paterno en tantas mujeres y hombres que hoy se dejan envolver en tanto activismo que terminan por valorar más lo superfluo, su realización personal al margen de Dios y los valores evangélicos, idolatrando un trabajo y una profesión en una sociedad que al mismo tiempo minimiza, degrada y ve como indigna la maternidad y paternidad. Y si cada vez se está perdiendo más ese instinto poderoso y fecundo de la maternidad hacia nuestras propias criaturas a quienes sí vemos (cosa que no pasa con los animales), ¿qué pasará con ese instinto, también poderoso y fecundo, de atender, cuidar y proteger a Cristo que vive en nuestros corazones y a quien no vemos?
Por eso Jesús le dirá a Conchita: “Una de las cosas que disgusta más al Padre, es el olvido del Verbo en el mundo actual; y no hay cosa que tanto irrite su Justicia, como esta casi completa exclusión del Espíritu Santo. Uno de los mayores castigos del Padre, por este olvido culpabilísimo, es retirarlo de las almas ingratas, y con esto, viene la ruina interna, avasallando a los corazones la sensualidad, efecto terrible del alejamiento de ese Santo Espíritu. ¿Cómo expiar, cómo contentar, diré, al Padre? Volviendo a ofrecerle al Verbo hecho carne, encarnado místicamente en un corazón” CC 25,252
¡Qué gracia y misericordia de Dios! Que haya querido habitar en nuestros corazones! ¡Y que por la doctrina de la Encarnación Mística nos enseña en estos tiempos otra manera de relacionarse con Él, y que quiere ser tratado como bebé, como persona que requiere de atención y cuidados amorosos, como los tiene una madre o un padre por sus hijos!