A N C I L L A
Nada tengo en el fondo del alma
que no sea tuyo;
ni la risa tranquila y serena
de mi santa alegría;
ni la lucha constante en que huyo
de ofender al Señor cada día;
ni siquiera, María,
esta grande miseria que llevo
sobre toda mi vida,
y esta inmensa agonía
de inf1amarme con ansias de cielo
y quedarme del suelo prendida

Todo es tuyo, Señora,
cada hora,
cada año que pasa inflexible
y destruye mi propia existencia
1o he pasado perdida
en el mar sin orillas de tu amada presencia. Soy tu esclava de amor para siempre
y Tú sabes, María,
ser esclava supone
un olvido total de mí misma;
un ponerte las manos vacías sobre el dulce
regazo;
un buscar el calor de tu abrazo y esa unión misteriosa
que te ve en cada cosa
y depende de Ti en cada paso.
¡Qué cadenas tan dulces
las que me unen a Ti, mi Señora!
son cadenas de amor que me hieren con heridas que el alma atesora;
ya 1o ves,
soy cautiva en tu manto de cielo
y en tus ojos sin par de paloma;
soy cautiva que pasa de vuelo
y a tu alma de Madre se asoma;
soy cautiva en tus lazos de cielo
en que vivo prendida
y me siento tan tuya
que a esta dicha me entrego rendida
Soy tu esclava de amor para siempre;
¿qué más puedo pedir1e a la vida
|