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ERA UNA SED DE DIOS. . .
Era un fuego de plomo en el desierto
sin una gota de agua,
era una cabellera de cristales
cayendo en catarata;
un nocturno silencio sin estrellas;
unas manos abiertas y vacías
rasgando sombras y palpando huellas;
un ansia insatisfecha y angustiosa;
una queja
larga como un camino interminable;
una interna osadía
saltando hacia 1o eterno
del limite del yo a 1o inacabable;
era un no sé qué, inquieto y hondo
como idea sin palabra o palabra sin voz;
una piedra arrojada que jamás llega al fondo:
era un desgarramiento del espíritu,
ERA UNA SED DE DIOS.
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