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Impulsados por el Viento de Dios

 

fEstoy muy agradecida con el P. Salvador Sánchez M., M.Sp.S. por su obra  “Cruz de Cristo, Cruz del Cristiano”.  En sus páginas he encontrado alimento e impulso para comprender y aprender hacer vida la Espiritualidad de la Cruz.  El título mismo me ha llevado a meditar y preguntarme – con mucho respeto hacia el autor – si podríamos cambiarlo y llamarlo “Cruz del Cristiano, Cruz de Cristo”.  Con este intercambio de palabras me he preguntado: ¿Acaso no es Cristo mismo quien en cada individuo experimenta el amor?  ¿Quién, si no Él mismo recibe ayuda, cuando se presta a cada persona que sufre, sin excepción alguna?  ¿Quién, si no Cristo mismo está presente en los que sufren, el moribundo, en el pobre?


Hoy, quienes vivimos la Espiritualidad de la Cruz, nos toca proseguir el amor sacerdotal de Jesús, “...un amor que al morir – le dice Jesús a Conchita – no pude llevármelo, pero que lo dejé en la tierra... y en las almas como extensión de mi mismo sacrificio, para que continuaran ellas en Mí, y en mi unión ofrendándose conmigo al Padre” (C.C. 57, 166: Sept. 23, 1931).


Toda renovación, toda conversión es morir para que Dios pueda realizar su obra en nosotros. Hay que tener sabiduría para convertir los sufrimientos en peldaños que nos ayuden a subir hacia la cruz de Cristo para abrazarnos a Él.  Hacer del dolor del mundo, de nuestro dolor una ofrenda y poder decir: “Esto es mi Cuerpo. Esta es mi Sangre”. Y es que dejándonos enterrar con Cristo, refrigeramos el mundo contaminado y sufriente. 


Me gusta escuchar con atención las palabras mismas del Señor: “Aprende, Concha, al amor de mi Padre que supo sacrificar a su Hijo para bien de muchos. Y aunque te duela, es tu papel el de sacrificarme a Mí y a Mí a tus hijos, y ofrendarme al Padre, inmolado en el altar de tu alma y en los Altares de la tierra, como Victima pura y única que trae del Cielo las gracias para el mundo” (C.C. 1, 13). 


La educación de la cruz es dolorosa, pero necesaria e insustituible.  Jesús en la Cruz se sumerge de lleno en el dolor y el sacrificio y por eso fue glorificado. Y nuestro Buen Padre lo vuelve a glorificar en nosotros, los hijos de la Iglesia, en torno a la mesa del pan.  Cuando nos acercamos a comerlo recibimos fuerzas vivas. Tras cada Eucaristía quedamos llamados a desplegar nuestras velas y dejarnos impulsar por el Viento de Dios.  El Espíritu nos envía a recrear, redimir, reconstruir, re-fundar la Iglesia en cada momento.


Pongámonos, por tanto, en manos de la acción liberadora del Espíritu.  Es Él quien comunica en nosotros la vida sobrenatural de la gracia.  Debemos estar atentos a escuchar esa voz interior para “…seguir prontamente las inspiraciones todas del Espíritu Santo y practicarlas” (C.C, 6, 188).  Es decir, a aprender a obedecer.


El Espíritu es un movimiento poderoso – un viento, una llamarada -- que actúa dentro del corazón, en aquel centro profundo donde el ser humano nace al amor. No nos basta haber sido fundados por un hombre profético o una mujer profética.  La Obra de la Cruz está llamada a ser fundación continuada, fundación e instituciones de religiosos(as) y laicos(as) continuadas por obra del Espíritu Santo. 


Abramos nuestro corazón y dejémonos llevar por el Viento de Dios.  La puerta está abierta y hemos sido enviados para que la ola de Amor que nace en la Cruz y en cada Eucaristía invada la tierra.


Carmen Martínez
Apóstol de la Cruz
Houston, TX

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