
Tu misión es la de salvar almas
Fernando Torre, msps.
Concepción
Cabrera de Armida es para los miembros de las Obras de la Cruz —y
espero que también lo sea para ti— una luz que ilumina nuestra
manera de colaborar en la misión de la Iglesia.
Un día ella
escuchó que Jesús le decía: «Tú incendiarás a muchos corazones, con
el fuego del Espíritu Santo, y los herirás con el santo leño de la
Cruz»1. Y así ha sido.
A esta mujer,
laica, mexicana, de principios del siglo XX, muchos la llamamos
“Nuestra Madre”. Ella perteneció totalmente a Jesús y estuvo
decididamente orientada a la salvación del mundo. Sus hijos e hijas
espirituales debemos tener su parecido2.
En el año de 1889
Conchita asiste por primera vez a unos ejercicios espirituales. Son
predicados por el P. José Antonio Plancarte. Allí escucha la palabra
que marcará toda su existencia: «Tu misión es la de salvar almas»3.
Salvar almas es la vocación de Conchita; su misión en la Iglesia.
Para esto nació.
Como su
experiencia de Dios es auténtica, no puede encerrarse en sí misma a
gozar de las gracias recibidas durante los ejercicios. El Espíritu
Santo la impulsa a la misión. A los pocos días, en Jesús María,
S.L.P., hacienda de su hermano Octaviano, junta a un grupo de
mujeres y les transmite las enseñanzas que ha recibido.
Recibir y
transmitir será, para Conchita, el latido constante de su espíritu.
«Son muchas gracias para una sola alma»4, le dirá Jesús
muchas veces.
El 14 de enero de
1894, impulsada por el amor, Conchita graba en su pecho el monograma
JHS. Con esto ella buscaba un mayor acercamiento a Jesús, ser
totalmente de Él. Pero el Salvador, al aceptar la ofrenda de
Conchita, la consagra y le cambia la finalidad; le da la misma
dirección que Él lleva. Por eso, ella no puede dejar de exclamar
insistentemente: «Jesús, Salvador de los hombres, sálvalos,
sálvalos»5.
La consagración a
Dios —la de Conchita, a través del monograma, y la nuestra, a través
del bautismo, la profesión religiosa o la ordenación sacerdotal—
siempre es salvífica, siempre produce un bien para los demás. De lo
contrario, no es verdadera consagración o no es consagración al
verdadero Dios.
Los miembros de
las Obras de la Cruz somos una respuesta concreta de Jesús al clamor
sacerdotal de intercesión que Conchita elevó: «Tú me pedías que
salvara a los hombres, y Yo he venido de nuevo a salvarlos por medio
de estas Obras… Oh hija, y ¡qué grandes son las Obras de la Cruz!
Sólo Yo puedo medir la extensión que abarcan y el bien que en el
mundo harán»6.
Conchita realizó
una amplia labor apostólica a través de sus escritos. Su palabra
tiene una eficacia divina que mueve los corazones: «tus palabras
tendrán vida, porque la voz de Dios obra. Quiero que lo que digas o
escribas, que es lo mismo, tenga germen de vida divina, que sea como
semilla que fructifique para el cielo»7.
Por medio de sus
libros, ella da a conocer la doctrina de la Cruz8, busca
que Dios sea amado y trata de propiciar la conversión en los
lectores.
Cada carta que
escribió es una predicación personalizada, una palabra dirigida al
corazón del destinatario. Obispos, sacerdotes, religiosas,
religiosos, laicos y familiares suyos se beneficiaron del apostolado
epistolar de Conchita.
Sus escritos
autobiográficos, aunque no los escribió con la intención de
publicarlos, son una fuente inag
otable de gracias. Quien lee esas
páginas, se encuentra con Dios.
Como fruto de la
gracia de la encarnación mística (que ella recibió el 25 de marzo de
1906), el Espíritu Santo le comunica a Conchita una especial
fecundidad. Siendo madre de Jesús sacerdote, la hace «madre de los
sacerdotes»9. Ellos son los principales destinatarios de
su misión10. Las confidencias para los sacerdotes, que Conchita escucha que Jesús le dicta, son una manifestación de su
maternidad en favor de los pastores del Pueblo de Dios11.
Sin descuidar sus
deberes de esposa y madre, Conchita realiza un apostolado que
trasciende el ambiente familiar12. Su misión tiene las
dimensiones de la misión de la Iglesia: la salvación de la
humanidad. Para encontrar colaboradores que le ayuden a realizar
esta misión, Jesús la hace entrar en contacto con la jerarquía
eclesiástica. La fundación de cada una de las Obras de la Cruz no
habría sido posible sin el dinamismo de Conchita y sin la
colaboración del P. Alberto Mir, de Mons. Ramón Ibarra, de Mons.
Leopoldo Ruiz, del P. Félix Rougier…
La oración,
sobre todo la adoración nocturna, y el sacrificio fueron
medios apostólicos a los que Conchita dio especial importancia. Ella
es consciente de que sus palabras no pueden mover los corazones,
pero también sabe que Dios sí puede hacerlo; por eso ora; por eso se
sacrifica. Y su oración fue escuchada. Y su sacrificio fue fecundo.
Concepción
Cabrera de Armida tuvo una viva conciencia de ser un instrumento en
las manos de Dios. Solamente un instrumento (acueducto y caño
por donde cruzan los tesoros del cielo13; taquígrafa,
amanuense o máquina que Jesús utiliza para comunicar su doctrina14),
pero un instrumento necesario, sin cuya colaboración no
habría sido posible que se realizaran las obras que Dios quiso hacer
a través de ella15.
Ella es
auténtica: vive lo que dice; busca cumplir siempre y en todo la
voluntad del Padre. Su vida —mucho más que sus palabras o sus
escritos— es su mejor predicación.
Conchita tiene un
atractivo divino16. Los que la conocieron personalmente,
así como quienes la conocemos sólo a través de testimonios o por sus
escritos, nos sentimos arrastrados, no hacia ella, sino hacia el
Dios que vive en ella.
Quien se
encuentra con esta mujer-llena-del-Espíritu, entra en el ojo de un
tornado y se experimenta lanzado hacia Dios y hacia los hermanos.
Así le sucedió a Félix de Jesús. Así nos sucedió a muchos de
nosotros. Le pido a Dios que así te suceda a ti.
Ella nunca nos
deja tranquilos en nuestra mediocridad; nos impulsa a ser santos.
Conchita no sólo
es fecunda, es fecundante: engendra a Cristo en los demás17.
Quienes toquen a esta mujer, «tocarán al Verbo»18.
Ella no nació
para sí misma; Jesús le dice: «Naciste para los demás»19.
Por eso, los anhelos misioneros de esta madre de familia nunca
fueron saciados20, incluso le reclama a Dios: «¿Por qué
no me hiciste misionero?»21 Ella siempre tuvo sed de
salvación; así escribe a su director espiritual:
He palpado que de mí, nada puedo: he
tocado mi nulidad, y sufro con esas promesas del Señor, Padre, con
esa misión de levantar a las almas a muy alta perfección y unión con
Él. Pero, al mismo tiempo de sentirme aplastada, siento fuerzas
sobrenaturales, siento bríos para emprender la cruzada entre mil
espadas, entre el martirio mismo. Siento fuerzas de atleta, siendo
un gusano.
Ha crecido, se ha encendido el celo
en mi alma, y me quemo, porque el celo también es fuego, es una
derivación del amor. Me ardo, Padre, quisiera encender a los
Directores de Comunidades, quisiera coger sacerdotes, Padre de mi
alma; yo creo que se les comunicaría este fuego y se incendiarían y
arderían por las almas.
Me bulle la sangre, me hierve en
ansias de lanzarme a infundir el espíritu de la Cruz. ¿Qué hago,
Padre Bernardo?, éste es un martirio; siento que el Señor me empuja,
que me pide, que me da para dar... pero ¿dónde me derramo...
en dónde están los recipientes? Siento un volcán en ebullición
dentro del pecho: ¿en dónde están, ¡ay Dios mío! los Sacerdotes de
la Cruz...?
Las palabras del Señor obran,
y yo siento un nuevo incendio que me consume, que me mata. ¿Qué
hago, Padre Bernardo?
Veo a las gentes, como en inacción,
y quisiera ponerles inyecciones de fuego, para que amaran, para que
se crucificaran22.
¿Y nosotros?
¿Estamos tranquilos en la inacción dejando que el mundo siga
destruyéndose y que millones de personas vivan sin conocer a Dios, o
tenemos dentro del pecho un volcán en ebullición (que nos hace
gritar: «Jesús, Salvador de los hombres, sálvalos, sálvalos»23)
y queremos poner a todos inyecciones de fuego?