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Espíritu Santo

Fernando Torre, msps.

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«Ni siquiera sabíamos que existía el Espíritu Santo» (Hch 19,2), dijeron unos discípulos de Juan Bautista. Aunque nosotros sí sabemos que existe, a veces, en la práctica, vivimos como si no existiera. Piensa, de qué manera el Espíritu Santo estuvo presente en tu vida en la última semana: ¿existió de veras para ti?


Nos cuesta relacionarnos con el Espíritu Santo, pues a veces tenemos de él una idea errónea o parcial. Algunos de los símbolos con los que se le representa favorecen la confusión: luz, agua, viento, fuego, paloma… Nos relacionamos con él como si fuera un ser impersonal.


El Espíritu Santo no es una fuerza sino una persona fuerte que nos sostiene y fortalece. No es luz sino una persona inteligente que nos ilumina y enseña. No es agua sino una persona santa que nos purifica y fecunda. No es viento sino una persona vivificante que nos impulsa y alienta. No es fuego sino una persona ardiente que calienta nuestro corazón y enciende nuestra vida. El Espíritu Santo es persona, como el Padre o Jesucristo. Y esa persona nos ama, nos consuela, nos guía, nos acompaña.


Para vivir cristianamente necesitamos del Espíritu Santo. Él suscita en nosotros la conversión, nos impulsa a seguir a Jesucristo, nos santifica. Sin él, son inútiles nuestros esfuerzos por amar, servir, perdonar, evangelizar, orar. Para tenerlo, basta con pedirlo, pues «el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a quien se lo pida» (Lc 11,13).


En el bautismo y la confirmación recibimos al Espíritu Santo. Pero desaprovechamos sus dones, sus frutos, sus carismas. Parece que lo tuviéramos encadenado. Para liberarlo, para gozar de su amistad y recibir su acción poderosa, necesitamos desear su presencia e invocarlo frecuentemente: ¡Ven, Espíritu Santo!

 

 

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